jueves, 20 de mayo de 2010

El tren de las siete y cuarto

a judith

“ Oyes el traqueteo del tren y nada más. Y luego unas voces envasadas, como cuando metes la cabeza debajo del agua y te hablan desde fuera. El túnel es muy largo; estas en la oscuridad una buena parte del camino.
Esa parte me ha gustado, la de la oscuridad. Por eso escogí ese camino en particular. Pero nunca había ido tan lejos. Me bajaba pronto del tren; algún amigo me reclamaba por alguna razón y siempre regresaba. Soy así, siempre acudo a mis amigos. Pero al final me gusta irme sola. A este tipo de viajes se va solo. Así que un punto al final de túnel nace de repente, y en un abrir y cerrar de ojos una luz blanca te atraviesa la retina. Y ese silencio te duele tanto que tus oídos pitan, y por un momento crees desmayarte. Quizá es por el cambio de altitud. En cualquier caso, notas enseguida un cambio en el aire que respiras. El señor que viajaba a mi derecha tosía y tosía, parecía que estaba expulsando todo el humo que llevaba inhalando durante más de 50 años. Aunque no me especificó que tipo de humo.

Es curioso la gente que viaja con uno. Te confían datos y después silencio, y entonces no sabes que acaba de ocurrir. Crees tener un momento fuera del tiempo con un extraño, un igual que te lo dice todo en esas únicas palabras. O quizá es un momento mediocre.

Odio los momentos mediocres, en los transportes, en las colas para subir a esos transportes….Pero este no fue uno de ellos.

El tren había arrancado prácticamente vacío pero el largo trayecto fue sumando pasajeros en cada parada. En ese tiempo amaneció varias veces, no recuerdo cuantas, y pasamos sucesivamente del frío al calor, de montañas nevadas a campos floridos. Tras kilómetros de cielo amarillo de tormenta llegaba un atardecer rojo y despejado y cuando llegaba la oscuridad, los pasillos se iluminaban con luz verde y el único paisaje que podías ver estaba dentro del vagón. Mirabas a la gente, que meditaba, que no dormía. Nunca abandonaban su asiento. Apenas si giraban la cabeza de vez en cuando, para descubrir que el paisaje del otro lado era distinta al suyo. Pude oír el murmullo de sus pensamientos, todos al unísono, haciéndose grandes preguntas. En mi cabeza pasaban las horas y ahí fuera parecían pasar las estaciones. Desconcertante y hermoso.

  Llegamos en una hermosa mañana azul. Dejé mi pesada maleta sin ruedas de viajante poco práctica en la consigna. Allí se quedó, apilada en alguno de esos estantes del fondo junto con miles de maletas más. No me dieron ticket, o quizá olvidé cogerlo del mostrador…. De todas formas no serviría de nada ir a reclamar ahora. Ya no recuerdo que maleta llevaba; ni qué llevaba en la maleta. Como no sabía que tiempo me esperaba…creo que puse de todo un poco. Pero al final llevo siempre lo puesto. Es curioso como te despreocupas tan rápido de ese tipo de detalles, y como lo olvidas todo nada más arrancar el tren. Mi conclusión es, no lleves equipaje, es un lastre inútil.

 La estación era como todas, supongo. El espacio, diáfano y luminoso, jugaba al frontón con las voces y los pasos de los viajeros, cuyos ecos me llamaban a derecha e izquierda. Dos altavoces blancos en forma de trompeta a cada lado de los pilares metálicos, liberaban una voz femenina, suave, narcótica, que parecía susurrar sus secretos en un ritmo seco y lento, que expandían el momento, hipnotizando mis sentidos. Llevándome a la deriva.

Arriba, unas palomas chocaban contra el techo acristalado, buscando nerviosas la salida. Por fin una de ellas se alejó hasta el fondo de la estación, escapando a través de un cristal roto. Las demás la siguieron. Bajé la mirada y entre una masa de colores pardos, vi moverse un abrigo verde. Solo fue un momento y desapareció entre la gente. De camino a la salida reapareció el abrigo verde, vestía a una chica morena. Alta. La boca pequeña, la nariz fina, graciosa. Andaba enérgica, contemplando las altas estructuras metálicas de la antigua estación como un aventurero curioso. ¿Había estado mirando a las mismas palomas que yo, escuchando la melodía…? O era que andaba desubicada, como el resto de los pasajeros, que alzaban la barbilla buscando directrices, señales que les guiasen hacia sus distintos destinos?

Me adelanté a contemplarla de más cerca. ¿Quién era? ¿La conocía? A la altura de las escaleras mecánicas pasó por mi lado como una corriente de aire en dirección a unas puertas acristaladas que parecían dar al exterior. El silbido de un tren anunciaba una partida inmediata al otro lado de los muros y el abrigo verde se apresuró. Tenía que seguirla. Hablar con ella. Saber qué clase de viaje era el suyo. ¿Era una escala? ¿Es que se podía ir más lejos? ¿Cuál era su destino? Mas preguntas me asaltaban cerraban mi garganta, encogían mi estómago.

Mi confianza en la fluidez de los acontecimientos hasta el momento se borró en un segundo. Dudaba sobre mi destino y sobre el sentido de todo aquello. No sabía que debía hacer, una vez llegada a este punto. Sin embargo el tiempo apremiaba, el tren iba a partir y tenía que hablar con ella.
Atravesé la puerta acristalada. Y corrí hasta el abrigo verde. Se giró despacio y me miró. Sus bonitos ojos verdes me interrogaron y de repente sonrió. Entonces recordé.Era Judith. Me sonreía como lo hacía siempre, tímida y burlona.

-A dónde te vas, le susurré triste.

- ¿Te vienes conmigo, Mari? bromeó.

Yo lloraba.

- Fui a despedirte aquel día…¿Me viste?

Ella sonrió y saltó al tren que ya arrancaba, sin equipaje.

- ¡Adiós! ¡Saluda a estos de mi parte! gritaba alegre.

Me quedé un largo rato fijando el punto en el horizonte que había sido mi amiga. Luego entré de nuevo en la estación.

Por un momento quise volver y decirles a todos que había vuelto a verla, pero para entonces ya no sabía como hacerlo. No recordaba quienes eran ‘estos’. No tenía billete de vuelta, ni equipaje, ni memoria, pero allí en la esquina, aquel cartel de embarque parecía llamarme personalmente. Dudé de mí. Me acerqué al mostrador de información al viajero.

-Disculpe, pregunté a la señora que lo atendía. ¿Qué tren acaba de partir en los andenes exteriores?

-¿El de las siete y cuarto? Tren con destino a la reencarnación.

-¿Sabe dónde debo dirigirme?

-Si no lo sabe usted, no lo sabe nadie, querida.

-Gracias.

Miré a mi alrededor. El segundero del reloj de la estación iba ralentizado, los ecos de los pasos ya no resonaban, los viajeros iban desapareciendo de mi campo de visión, detrás de puertas, esquinas, como un juego del escondite. Cerré los ojos. Y comencé a andar. Al abrirlos, nada había cambiado, pero todo era distinto. Ya no sabía quién era, quien había sido. Los restos de mi memoria se iban borrando a cada paso que daba. Solo quedaba el precioso recuerdo de Judith.

Mi propio destino, ¡eso es lo que tengo que encontrar! Salí sin pensarlo por una puerta de emergencia pegada a un photo matón y de nuevo se hizo la luz blanca y el pitido ensordecedor. Y ahora estoy aquí, es decir, no sé dónde, de pie en esta cola hablando contigo. Supongo que eso es todo… ¿Así que eso es morir?

-Así es.

- ……..Joder que cola.”


                                                                     FIN

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