martes, 10 de agosto de 2010

MUSTIO Y JULIETA

Introducción

Cada vez que se cruzaban, el corazón de Julieta chirriaba sonoramente, y angustiada y acalorada, con la mano en el pecho salía corriendo. Entonces él se quitaba los auriculares donde escuchaba música a todo trapo y se giraba para mirarla correr como una avestruz. Y siempre se decía lo mismo “Estáis todas locas.”
Pero ese día, El Mustio, un chico melenudo y pasota, se preguntó si no tendría que ver con él, porque las tres últimas veces que se había cruzado con ella había ocurrido lo mismo.
Así que el día siguiente, quiso descubrir que pasaba con la chica de las piernas largas y las coletas pelirrojas que siempre salía corriendo en su presencia.



Capítulo 1

Julieta tenía el corazón oxidado desde que su padre la abandonase y traspasase sus achuchones a otra mujer. El día que se cruzó con aquel greñudo, a Julieta le dio flato. La vez siguiente, tuvo hipo y sus orejas ardieron como el fénix, pero sin la escena del resurgir de las cenizas, menos mal. Hacía tiempo que no sentía nada por dentro; había olvidado lo que se sentía al sentir. Por eso, cuando empezó a notar cosas extrañas en sus tripas y su organismo en general, se asustó. El día que su corazón empezó a chirriar sin razón aparente, Julieta tuvo pánico y salió pitando a urgencias, saliendo 4 horas después con un diagnóstico: ‘primavera’. ¿Qué clase de enfermedad era esa? ¿El doctor la había tomado por tonta? Lo que tenía era muy serio; por lo menos tenía ‘infartitis’. Pensaba que se iba a ir de este mundo de un momento al otro, así que cuando su corazón bombeaba ante la presencia de Mustio, corría para caer -supuestamente muerta- en su sitio preferido; la trastienda de la pescadería de su tía Chunga.

Una tarde, terminadas las clases, el Mustio andaba por la calle que cogía todos los días, esperando toparse con la patilarga huidiza. Efectivamente, Julieta pasaba como todos los días a la misma hora por esa misma calle, y llegó el momento de cruzarse. Julieta caminaba con los ojos puestos en sus zapatos, musitando algo. Al levantar la mirada se paró en seco ante la presencia de una fregona morena que se había interpuesto en su camino.
-Quita, imbécil-soltó mirando al suelo; y al decir esto, empezó a oír el ñic-ñic de su corazoncito que se estaba poniendo en marcha e iba cada vez mas rápido.
- Perdona- le respondió el Mustio asombrado por las palabras de la pelirroja larguirucha. Se quitó los casquitos y se echó a un lado.
-¡Ñic-ñic-ñic-ñic!- se quejaban los ventrículos de Julieta.
-¿Qué tienes ahí?, preguntó el chico señalando a la chaqueta de lana de Julieta a la altura del pecho.
-¡ÑIC! ÑIC! ÑIC! ÑIC! Su pecho era una locomotora. El Mustio podía oírlo a pesar de llevar la música muy alta, y bajó el volumen del aparato para escuchar mejor.
Julieta salió pitando como siempre, pero esta vez El Mustio la siguió a grandes zancadas, sin atreverse a perseguirla en toda regla, cosa que le parecía poco…propia de su reputación en el barrio. Julieta corría como una desesperada por la calle chocándose con todos los que se cruzaban por su camino gritando “¡ha llegado el momento, esta es la definitiva!” Al doblar la esquina desapareció y El Mustio la perdió de vista.
-Todas locas, te lo digo- se repetía El Mustio en su cabeza mientras caminaba. Pero en realidad era para anular otro pensamiento más incómodo que su subconsciente le susurraba.


Capítulo 2

Julieta se tiró en plancha en el sillón de la trastienda de la pescadería de su tía. Se colocó boca arriba con los brazos extendidos mirando al techo como esperando ver su vida salir de su pecho como el humo de un cigarrillo. ¿Se sentía preparada para despedirse del mundo? Esperó unos momentos, pero su alma no salía por ningún lado. Había una mosca haciendo estúpidos triángulos encima de su cabeza, pero ni un atisbo de ese romántico final al que ella se entregaba, aparte de los preocupantes ruidos de su organismo. En la radio sonaba ‘Puro Teatro’, de La Lupe, y Julieta se acomodó pies arriba y cabeza abajo, que era su posición preferida ante momentos de incertidumbre. Así se quedó durante un buen rato, mientras se dejaba llevar por imágenes de pollos asados volando hacia un lejano horizonte de atardecer, si, hacia su propio entierro, glorioso. La gente de todo el planeta acudiría para llorarla, y al desaparecer el sol, empujarían su barco a la deriva, rebosante de gardenias frescas y su cuerpo amortajado con fina seda blanca, refrescado por la agradable brisa marina y…
- Cariño, quítate la chaqueta de lana que te vas a cocer viva.”- le dijo cariñosamente su tía Chunga asomándose por la cortina de pececillos de la salita mientras su sobrina hacía sonidos de brisa y gaviotas con los ojos cerrados.
-He estado a punto de abandonar este mundo, tía- dijo serenamente Julieta.
- Tú nunca estás en este mundo, mi amor. Ayúdame a cerrar, que son ya las 2 h 30. Por cierto, se ha asomado hace un momento un chico flaco con mucho pelo en la cara. No ha dicho nada, pero por lo mucho que os parecéis, debe de ser tu amigo y creo que te buscaba.
- ¿Qué te ha dicho?
- Nada.
- Pues no es mi amigo. Es un imbécil.
- Pues me ha dejado algo en el mostrador…
-¡El qué!- salta de repente curiosa Julieta, mientras se coloca en el sillón como el resto de los mortales.
- No sé, es como una pieza mecánica oxidada… o algo así. Tú sabrás”.

Julieta atravesó fugazmente la pescadería en dirección a la salida y a la altura del mostrador, alargó la mano y cogió la pequeña pieza de relojería que ‘el de la fregona en la cabeza’ le había dejado. Chasqueando sonoramente la lengua como molesta por tener que cogerla ella misma, se la metió rápidamente en el bolsillo de la chaqueta de lana y miró a su tía de reojo, que sonreía por dentro del fingido desdén de su sobrina.


Capítulo 3

Durante varios días, Julieta no supo que pensar de la pieza redonda y oxidada o qué hacer con ella. La miraba y la remiraba, la olía, la tiraba al aire y la miraba un poco mas y la rebotaba contra la pared haciendo ponk…ponk. Se preguntaba porqué ‘el imbécil’ le había dado semejante trasto, absurdo y feo -¡que encima no era ni suyo!
Desconcertada, la dejó en ‘el cajón de las cosas sin nombre y/o sin utilidad a corto plazo’, entre las que se encontraban extraños objetos como montones de muelles de mechero, media pinza de la ropa, un palo de madera con forma de señor barbudo y tres piedras de río pequeñas, un chicle blanco masticado hacía 2 años que había guardado porque curiosamente le había dejado la lengua negra durante varios días, una castaña reseca, unas gafas redondas sin cristales y sin una patilla, trocitos de papel con mensajes cifrados por ella misma (que jamás consiguió descifrar), pedazos sueltos de bolígrafos y decenas de tapones azules y rojos sin su amo... Julieta estaba convencida de que todos esos objetos tendrían utilidad algún día, y también sabía que si se deshacía de alguno, al poco tiempo lo iba a necesitar para alguno de sus apaños. No fallaba.

Así pues, miró ese misterio oxidado por última vez, lo tiró al cajón y lo cerró con decisión. Mientras sus pasos se alejaban y una puerta se cerraba, la pieza se sumió en un silencio eterno con las demás cosas encontradas y abandonadas que esperaban aburridas su turno para ser algo en la vida; en la vida de Julieta.

Al cabo de una semana, Julieta se había olvidado del asunto de ‘el imbécil’ y su pieza oxidada, pero su organismo seguía haciendo de las suyas, y claro, estaba en un sin vivir y su humor se resentía día a día. Siempre había sido introvertida, rara y excéntrica pero desde aquel encuentro acalorado con el Mustio, Julieta estaba perdiendo los papeles, angustiada por las manifestaciones rebeldes de su organismo que no ponía predecir ni controlar, y que la ponían en evidencia en los sitios menos oportunos. En clase era ‘la niña de los ruidos’ y asidua involuntaria del despacho del director. En el cine la chistaban por todos los lados y nunca acababa de ver esa película iraní tan rara que su amigo ‘Lechu’ le había aconsejado: tenia que irse a toda prisa porque la gente no oía los diálogos. En casa de su bigotuda tía abuela la ponían a comer como quien engorda a una oca; sus ruidos estomacales significaban sin duda ‘hambruna severa’ (palabras textuales de su bigotuda tía abuela). Y el hecho de que fuese flaca como un palo no ayudaba. En el autobús, el conductor iba con la mosca detrás de la oreja; miraba por todos los retrovisores y se asomaba por la ventana constantemente, lo que provocaba que se subiese al bordillo -¡pa!, y los pasajeros pegasen botes como peleles con paciencia infinita. Luego paraba cada poco tiempo para comprobar si el motor no le estaba fallando, o si había pinchado, y volvía a arrancar más mosqueado todavía porque el sonido entonces era otro distinto. Julieta lo pasaba mal por el pobre conductor, y eso le provocaba chirridos más fuertes. Entonces se bajaba a mitad de trayecto y llegaba a casa andando y siempre tarde.


Capítulo 4

Un día cualquiera, Julieta se despertó sobresaltada. Tumbada, miraba al techo y se rascaba el cogote cuando se dio cuenta de que no oía nada; sus ruidos corporales habían desaparecido. Por lo visto, debían de haberse apagado despacito, por momentos, y se habían ido por la puerta de atrás sin que Julieta se hubiese dado cuenta. Y no recordaba cuándo. Para una chica pesimista como Julieta, ni siquiera eso era buena señal. De repente, asociando ideas, se acordó de la misteriosa pieza oxidada y se fue directa al cajón para mirarla. Solo mirarla. (Bueno, la cojo un momento). La sacó del ‘cajón de los objetos sin nombre y/o utilidad a corto plazo’ que hibernaban y que con la luz se espabilaron; viendo que el nuevo llegado se iba tan pronto, le soltaban todo tipo de insultos de envidia. ¡Pelota! ¡Lameculos!

-“Lo voy a pasear.”- se dijo con aire de maníaca, como siguiendo una idea abstracta que nadaba en su cabeza loca.

Mientras desayunaba y sin querer queriendo, Julieta se puso a pensar en el Mustio. Hacia mucho tiempo que no veía al ‘imbécil’, y desde hacía varios días parecía que se le había atascado el mecanismo corporal. ¿Tendría ese imbécil algo que ver?
Así que metiéndose una tostada entera en la boca, decidió que debía tropezarse con él para ver que pasaba, para recibir alguna señal. Y sopesando esto y lo otro, mareado la perdiz e imaginando su inevitable colapso multiorgánico en martes 13, Julieta la fantasiosa, que había engullido su desayuno y ya paseaba por la calle, le vio a dos metros de sus zapatos enormes y viejos andando directo hacia ella a grandes zancadas, con esas piernas flacas que sujetaban un porte desgarbado. A Julieta le pilló tan de sopetón que soltó un graznido y sus piernas flojearon peligrosamente. Pero esta vez no salió corriendo; se apoyó con una rapidez desesperada en una farola (y esta, con tan mala leche que decidió moverse medio metro hacia atrás para molestar) y Julieta acabó con las piernas cruzadas entre la acera y la calzada y un brazo estirado para nada. Un coche pitó y pasó a su lado veloz removiendo el aire contaminado de la ciudad.

-Hola- dijo al cabo el chico de la fregona en la cabeza. Se había quedado mirando extrañado a Julieta en su arrebato de baile clásico callejero de dos segundos que culminó en un salto fugaz de vuelta a la acera al sonido del claxon.
-Se te había caído- añadió el chico refiriéndose a la pieza oxidada que había dejado en el mostrador de la tienda días atrás.
- Eso no era mío-dijo Julieta, que sabía de sobra de qué estaban hablando tan directamente, se pasaba la mano por el pelo y seguía con las piernas enredadas. Se agarró a la farola antipática y siempre sin mirarle a la cara, soltó medio tímida medio valiente:
- Así que no vayas por ahí regalando chatarra a la gente…imbécil.
Con una mano metida en el bolsillo de su eterna chaqueta de lana verde, apretaba fuertemente algo duro y oxidado, con tanta fuerza que empezaba a hacerle daño. Le sudaban las manos.
- Se te cayó de la chaqueta, que lo vi yo.
- ¡Que no, te digo!- dijo ella molesta mirando hacia otro lado.
- ¿Qué se te ha roto?- preguntó curioso el Mustio.
-Eso no es asunto tuyo-dijo Julieta. Le miró fijamente, para un segundo después apartar la mirada y ponerse colorada. Empezaba a aceptar la idea de que ese trozo de metal oxidado era parte de ella. Intuía algo, pero esa terrible idea permanecía cerrada con llave en lo más profundo de otro cajón que guardaba en su cabeza, el de ‘las cosas chungas que podrían pasarme’.
Se hizo un largo silencio de zapatillas frotando la acera, marcando ritmos, narices sorbiendo mocos, manos resbalando de la escurridiza farola y auriculares con música diminuta.
El Mustio buscaba una palabra que rompiese ese silencio de estás-sentado-en-el-metro-y-tu-archienemigo-está-en-frente. Julieta volvía a mirar hacia otro lado, como ignorándole.
- Mi padre es mecánico-dijo él entusiasmado. Yo sé un poco.
- La mecánica es un rollo.
- Me llamo Mario. ¿Y tú?
Tras un tembleque repentino de la rodilla izquierda y silbidos involuntarios, ella le respondió a toda velocidad:
- Soy Julieta y me tengo que ir.

Así era; tras oír ese nombre celestial los pelillos de la nuca se le erizaron, su pecho empezó a chirriar y unos redobles de tambor lo acompañaban aumentando el sentimiento de ridículo de la chica, cuya chaqueta de lana verde palpitaba rítmicamente. Julieta se dio cuenta de que esta vez iba a ser algo gordo de verdad y notó que el corazón se le iba a salir por alguna parte. ¡A la trastienda de la tía!

- ¡Espera!-dijo Mario, pero Julieta, poniéndose la mano en el pecho corría como si fuese perseguida una esponja succionadora de 5 metros, y sus flacas piernas parecían gomas elásticas que se movían descontroladas en todas direcciones, enfundadas en unos leotardos a rayas violetas y rosas.

Era impresionante lo rápido que desaparecía Julieta del horizonte, pensó Mario el Mustio mientras seguía su camino mirando hacia atrás con los auriculares puestos que ya sonaban a música de tamaño normal.

Capítulo 5

Después de este encuentro desastroso, Mario y Julieta tardaron semanas en verse. Las vacaciones les separaron, uno a las montañas, la otra a la playa. Mario vino encantado de la montaña, pero a Julieta se le habían quemado las coletas y cada vez que se miraba al espejo se acordaba y se ponía de mal humor. Este había empeorado desde su marcha a la playa, y estaba en su punto máximo de negrura; tanto que ni ella misma se aguantaba. Su tía Chunga no sabía nada del ‘fallo orgánico’ de su sobrina. Y es que, un día de playa abarrotada, Julieta había decidido bañarse (finalmente) después de una semana bajo la sombrilla, leyendo al alegre Edgar Allan Poe. Al adentrarse como un soldado- brazos levantados- en el caldito mediterráneo hasta la altura de las orejas, notó que el agua se le colaba por los oídos, traspasando el tímpano y llenando a gran velocidad su largo cuerpo. A su alrededor se teñía el agua de oxido, que ella misma emanaba. Julieta se puso pálida y se paralizó. Movía los ojos de un lado al otro sin osar parpadear; alucinando. El oxido salía de su pecho lentamente y parecía nunca acabarse. Por dentro, sus órganos flotaban apelotonados como juguetes de goma en la bañera en un baile de marea, y el agua que entraba por los oídos iba subiendo de nivel fatídicamente. Los riñones, el higadillo, el bazo, los intestinos, todos bailaban enredados en ese saco acuático que era el cuerpo de Julieta. La pobre estaba inundada por dentro. Su corazón, que había hecho un amago de chirrío de socorro, se apagó debajo del agua gritando burbujas. No volvió a sonar más. Julieta, inundada por dentro, intentaba salirse del agua pero cuanto mas lo intentaba, más desastroso era. La mancha de oxido se había expandido escandalosamente y le empezaba a salir de todo por las orejas. La gente que jugaba a su alrededor chapoteando no se había dado cuenta de nada. Un señor de tórax hercúleo que pasaba por ahí nadando con aires de campeón  fue sin proponérselo la salvación de Julieta. Esta alargó su largo brazo y se agarró como si no hubiese mañana al bañador del campeón, que empezaba a notar una resistencia invisible y que por mucho que braceaba no avanzaba. El hombre se puso colorado y empezó a patalear más fuerte, hasta que de sopetón salieron los dos disparados hacia la orilla arrastrados por una ola. Julieta se dejó llevar por esa moto acuática engorilada hasta la mitad de la playa, ya arrastrada por la arena; no se podía soltar del bañador del campeón que andaba hinchado de orgullo de su propio esfuerzo. Mister campeón miró hacia atrás para comprobar cuantas señoras le estarían mirando admiradas de su fuerza titánica cuando se percató de que tenía un bicho horrible enganchado al bañador intentando picarle. Dio un tirón histérico y se liberó del bicho, quedándose sin bañador. Un culo blanco corría por la playa gritando ¡Adela! ¡Adela!¡He sido atacado por una sepia gigante!

Tras ser tratada de sepia, Julieta se puso en pie. Expulsaba por las orejas líquido de color óxido, piezas mecánicas diminutas y alguna que otra tuerca. Cuando el chorro dejó de salir de su persona fue trabajosamente hasta la toalla, donde su tía Chunga dormitaba entre sorbito y sorbito de mojito. Se quedó sentada al sol, mientras sus coletas se quemaban lentamente, malhumorada, como humillada por una broma de mal gusto. Así se quedó hasta que asumió lo que le acababa de ocurrir. Cuando por fin se calmó, se propuso recuperar las piezas que habían caído al mar. Tras una tarde entera intentando rescatar discretamente la chatarra que había sido su corazón (la gente en las playas es muy cotilla, y Julieta consideraba que pescar sus propias tuercas era algo bastante íntimo- y bastante trágico- así que disimulaba como podía, lo que atraía mas miradas curiosas) y viendo que ya no quedaba nada mas flotando por la orilla, se volvió a sentar en su toalla con el botín en una red verde para pescar cangrejos. La punta de sus coletas se churruscó del todo como los pelillos de una corteza de cerdo-¡fffffffshhhh! Tía Chunga soltó un ronquido.
Al día siguiente volvieron de vacaciones.


Capítulo 6


Todavía quedaba mucho verano por delante y Julieta no sabía cómo comportarse ahora que no le latía el corazón. Bueno, ahora que lo tenía en una bolsa de plástico…Tampoco sabía si coger el tenedor con la izquierda o la derecha, pero supongo que esa era su eterna duda…Nunca se acordaba de ese dato específico…Todo ahora era cuestionado; sus propios gestos, sus acciones, sus gustos, sus motivaciones. (Y si ya no la guiaba el corazón…¿era legítimo quitarle la merienda a su vecinita la de los pies planos?)
¿Cómo empezar a explicar este suceso? Bueno, se podía vivir con un corazón que…cómo plantearlo sin asustarse…a ver…se podía vivir con un corazón oxidado y roto guardado en una bolsa de plástico de la frutería…Eso si, la bolsita bien cerca de ella. Ir a comprar pistachos dejando la bolsa de la fruta en la mesa de su habitación era algo demasiado surrealista, así que la bolsita iría con ella en todo momento, esa fue su primera certeza.
Julieta no se atrevía demasiado a pensar en todo esto, pero lo que tenía claro es que había habido un error, y que ese error se subsanaría inminentemente dejándola seca un día cualquiera en medio de la calle, fulminada; seguramente un Martes 13.
Entretanto, los demás órganos habían recobrado su lugar en el cuerpo de Julieta, y se sentía muy aliviada por la parte del pecho, como si le hubiesen quitado un peso de encima, pero no por ello se sentía mejor. Todo lo contrario.


Mario el mustio había vuelto de sus vacaciones en la montaña con extraño nudo en el estómago. Serían las ganas de volver a ver a sus amigos. Qué otra cosa podría ser sino. Pero después de quedar todo el día con el Turbio el Chano y la Fea, echarse unas risas de mirada lejana y hacer alguna perrería, el Mustio volvió a su casa insatisfecho. Andaba por la acera mirando al suelo preguntándose si no se había olvidado de algo muy importante….

-Hola- Una silueta alargada estaba plantada frente a él con los brazos en jarra.
- H…-El Mustio no se esperaba semejante encuentro y quedó abrumado por la presencia serena de Julieta. Estaba muy nervioso, y no sabía que decir a la persona que le miraba fijamente. Eso que tenía en la punta de la lengua desde que llegó se acababa de materializar. Y ‘eso’ era Julieta. Entonces supo que era exactamente eso lo que le había estado faltando.Mario y Julieta estuvieron frente a frente un buen rato sin hacer nada. Julieta, sin dar explicaciones, echó a andar en dirección al cine que estaba en la acera de enfrente. El no se lo pensó; la siguió sin esperar aprobación. Al salir de la película Julieta le dijo hasta luego y se fue sin mas, quedándose Mario haciendo honor a su mote. Había estado sentado junto a ella durante hora y media y su corazón palpitaba de nerviosismo. Ella se había dormido a los 13 minutos del comienzo de ‘la Niña Cyborg’ .
-Ahora si que no entiendo a las tías, se dijo. Y no ha salido corriendo; me ha llamado idiota; hasta aquí todo normal, ¡pero es que no ha salido corriendo! Y ese silencio en su interior….
-Eso se llama dormir, Mario. Era su amiga la Fea la que hablaba.

La Fea era una chica muy guapa y avispada, una de las mejores amigas de Mario y su confidente. Mario le había estado contando sus penurias sobre una chica larguirucha y pelirroja, desde cuando ella salía corriendo al verle, hasta la pieza mecánica que encontró y el posterior desinterés de Julieta por él. La pieza mecánica interesó mucho a la Fea, que se quedó meditando sobre aquel asunto. Al rato deliberó:
- Porque esa película de ‘la Niña Cyborg’…¡Mario, creo que la patilarga te estaba diciendo algo!
- No me dijo nada, ya te lo he dicho.
-No, hombre. Me refiero a que te estaba dando una pista. Si tan seguro estás de que esa pieza se le cayó a Julieta del pecho, entonces está claro que tu novia no es humana.
-No es mi novia.
- ¡Y no es humana!
- ¡Venga ya!-exclamó Mario levantando la mano. La Fea empezó a reír divertida.
-¡Que si, que si! Te estaba diciendo claramente que…!
- Vale, Fea- cortó Mario molesto por la hilaridad de su amiga. Se levantó y a toda prisa se dirigió al taller de su padre, dejando a la Fea plantada.
-¡Oye! ¡Cosas mas raras se han oído por ahí! ¿Y quién te dice que no seamos todos un poco robots? -dijo ella al ver que Mario se largaba sin responder

-¡Eh! ¡Que a mi los codos me chirrían cuando llueve…!.¡Incluso se me encasquilla el dedo gordo del pie cuando giro la cabeza hacia la izquierda…! Fíate tú!”-oyó que le gritaba ofendida la Fea desde lejos antes de dar la vuelta a la esquina y perderla de vista.


Capítulo 7

Tras un intenso verano de gamberradas y noches panza arriba planeando viajes exóticos a otros planetas llegó el primer día de instituto; la vuelta a clase pilló a todos por sorpresa. Mario y Julieta coincidieron por primera vez en la misma clase y eso le alteraba hasta el punto de caer de la silla dos o tres veces por hora. Tras una semana de caídas La Fea decidió atarle al pupitre con cinta adhesiva, y entonces lo que caía al suelo eran todos los bolis del estuche, uno por uno. Los delicados nervios de Madame Fofol, la profesora de Música, se desgastaban un poco mas con cada boli que caía, y al final de la hora del viernes acabó aporreando ‘O Fortuna’ de Carmina Burana en el piano entre sudores y gritos histéricos que la dejaron exhausta.

En gimnasia, viendo que el estado de Mario no mejoraba, su fiel amiga se encargaba de darle algún balonazo que otro en los partidos Voleyball para atontarle un poco; los nervios le hacían ir a por todas las pelotas como si fuese una lucha a muerte entre él y los cuatro jinetes del Apocalipsis, mientras el resto de los compañeros observaban divertidos sus torpes carreras de un lado al otro de la red. La solitaria figura de Julieta le observaba desde el lejos.

Un martes, pero no 13, en clase de ciencias y tecnología, el profesor Liviano Petunio pidió a todos que sacasen sus proyectos caseros. La hora pasó lenta y torturadora para Mario, que había traído mortadela para la merienda, pero nada para el profesor. Quizá si le metiese al bocadillo un par de voltios con el circuito eléctrico de su compañera podría revivir el fiambre, que aunque inerte, pedía a gritos un buen mordisco. Qué hambre.
- ¿Julieta Legaña?
- De cuerpo presente.
-Su turno. Venga aquí. Bien Julieta, qué nos ha traído.

Mario se comió su improbable proyecto de ciencias debajo de la mesa, haciendo un ruido infernal con el papel aluminio y el ‘crunchi-crunchi’ de sus mandíbulas batientes. Su lozana compañera de mesa le echaba miradas de reproche a él, y miradas de deseo a ella; la mortadela. De vez en cuando, Mario asomaba un ojo para mirarla y masticaba con mas energía. El cachivache cutre que Julieta había plantado delante de toda la clase, en la mesa del profesor, era lo mas extraño que había visto en su vida. Sobre una madera dos recipientes de plástico transparentes. Uno pequeño con algún tipo de tejido orgánico blanco y verde que sobresalía por todos los lados, y otro con piezas mecánicas soldadas entre si y a unos cables con pilas que pasaban por un recipiente con agua y que acababan de nuevo incrustados en la masa chorreante de carne verduzca con patas.

- Bien, dice el profesor, cuéntanos cual es tu proyecto y …bueno, qué es…eso.
-Es una rana muerta- anuncia lúgubre Julieta. Le quité la vida deliberadamente en favor de la ciencia.
- Ajá. ¿Y todo ese entramado mecánico? No me lo digas.¡ Es para revivirla! ¡Ja ja ja!
Toda la clase le rió la gracia al satisfecho profesor.
-Si,-dijo Julieta serena.
Hubo un silencio de desconcierto en la clase. ¿Había que reír? El profesor no se reía. ¿Sería eso lo que llamaban insolencia?
-¡Jua jua juaaaaa!- se aventuró el graciosillo de la clase.
-Daniel, fuera de clase.
Entonces la clase si que se rió. El graciosillo se fue bailando hacia atrás emulando a ese cantante que había mudado de piel mágicamente hacía la tira de años.

-Y no vuelvas-añadió el profesor sin mirarle.
-Bien, señorita Legaña, (Julieta andaba susurrando insultos de traición a la rana muerta mientras desmontaba pieza por pieza la mesa de reanimaciones, ajena al revuelo) la próxima vez tráigame un experimento científico serio y no una fantasía de ciencia ficción. Eso de Frankenstein está muy visto. Le doy una semana.

De esta desagradable manera zanjó la cuestión el profesor Petunio, que buscaba con la mirada a otro alumno menos excéntrico. A ver Jorgito. Jorgito había destilado vinito de mesa y eso llenó de negras nubes la cabeza del profesor.

- Que levanten la mano aquellos que hayan destilado vino. Un bosque de brazos se alzó ante la roja calva de Liviano Petunio. Malditos mediocres- gruñó desesperado.

Al cabo de 23 minutos sonó la campana y los alumnos salieron de ahí como si alguien hubiese tirado gas lacrimógeno en el aula. Y en cierto modo así era. Eduardo se puso rojo. ¡Oye que yo no he sido! Pero todos conocían a Eduardo; siempre era él. Julieta salió al pasillo mezclada entre la masa de cabezas gritonas.
Mario se fue a casa directamente, escondiendo bajo el brazo una bolsa de papel chorreante de líquido verde. Entró en su cuarto y esparció por su cama el contenido; piezas mecánicas, tuercas, cables, plastilina, un reloj de bolsillo, pilas, muelles…y una pieza oxidada muy familiar. Mario poseía al fin al completo el desecho corazón de Julieta. Bueno, y una rana muerta.


Capítulo 8

Durante una larga temporada, Mario se dedicó a consultar libros sobre anatomía, ciencias, mecánica, embrujos, vudú; todo lo que lo pudiese ayudar para reparar la chatarra que había sido el corazón de la chica de las coletas churruscadas que le quitaba el sueño. Se encerraba en casa y a penas si salía al kiosco o al taller de su padre. Siempre eran excusas a la hora de quedar con el Turbio el Chano y la Fea. La Fea descubrió enseguida porqué su amigo ya no se quedaba por las tardes con ella y sus amigos. Así que un día en clase le mandó una nota diciéndole que sabía su secreto y que no se preocupase, que no le iba a decir nada al Chano y al Turbio. Pero que quería ayudar. Enseguida colaboró trayéndole todo tipo de piezas que encontraba por la calle, susceptibles de encajar en el ruinoso corazón que Mario empezaba a idear.

-¿Para qué son los globos?-le preguntaba ella. ¿Y ese tapón de coca-cola? ¿Y la calcomanía? La línea del amor y la horterada es muy fina, Mario.
-No tengo ni idea, Fea. Todavía no tengo ni idea. Búscame en ese cajón una pierna de G.I. Joe. Servirá para este ventrículo de ahí. Y el pan Bimbo.
-Le vas a poner pan Bimbo?-se extrañó su amiga.
-No, hombre, es que tengo hambre. Y la mermelada de mora.
-¿Te unto uno poco en el pan?
-No, eso es para rellenar un poco esta vena.
- Qué fuerte.

Y así estuvieron toda la tarde y muchas tardes más, hasta que por fin un día de tormenta de otoño, con la lluvia repiqueteando en la ventana de su cuarto, Mario anunció que el corazón de Julieta estaba acabado. La Fea, mientras comía pipas tirada boca abajo sobre la cama, miraba abducida la película ‘El jovencito Frankenstein’ de Mel Brooks, que había encontrado muy apropiada para la ocasión.
-‘¡Brujer!’-prueba a decir Igor el jorobado. Los rayos parten el cielo y los caballos relinchan en la las cuadras. La Fea suelta una carcajada. La tormenta que realmente tronaba fuera parecía meterles en una película dentro de la película.
Bien, ahora sólo quedaba lo más difícil, se decía Mario; entregárselo a Julieta, la chica de las coletas chamuscadas.

Capítulo 9

Julieta por su parte, había desaparecido de escena. Nada mas terminar las clases, se volatilizaba e incluso a veces no aparecía. Había dejado de ir a sus actividades extraescolares a las que solo estaba apuntada ella; caligrafía china y danza tailandesa. Durante todo este tiempo, y tras haber tirado su corazón a la papelera en clase de ciencias, había pasado por varios estados mentales, filosofías varias y maneras de enfrentarse a su no-vida, que iban desde el nihilismo, el ascetismo, el dadaísmo, el ocultismo, el comunismo, el alpinismo, el positivismo, el sufragismo, el absentismo, el hinduismo, hasta el vampirismo, sin dar en ningún caso salida a su vacío interior, su falta de emociones. Se había apuntado a clases de cocina imaginaria que se impartía ella misma, a clases de buceo (había que comprobar que no se había dejado ninguna pieza en el aquel fatídico baño mediterráneo de verano, y posible causa de su fallido experimento de reanimación a la rana, pero este pensamiento lo tuvo en plena fase de dadaísmo, y claro, por definición no tenía mucho sentido, y menos buscar en la bañera), quiso donar el resto de sus órganos, animada por su hasta entonces condición sobrenatural, plantó puerros sin sentido por todo el jardín- momento comunista, se cortó una coleta cual sufragista, e iba al dentista cada semana (aunque esto era puro absentismo escolar).



En el momento en que Mario acababa de reconstruir su corazón, Julieta simplemente existía como organismo multicelular pegada al televisor, viendo telenovelas por pura nostalgia emocional. Claro que ella no sentía nada, y para matar el tiempo se dedicaba a quitar el sonido del televisor y poner ella misma la voz en ‘off’ con lo primero que se le ocurría. (Su tía Chunga, que era mas de telefilmes, se quedaba hasta el final de cada capítulo de ‘Patíbulo de amor’, fascinada por la variedad de tonterías encadenadas que podía soltar su sobrina.) En fin, que Julieta estaba en plena fase de aceptación y ya esperaba impaciente ese ajusticiamiento divino dirigido a los seres sin corazón y por tanto sin alma que habían escapado de la muerte por un traspapeleo en las oficinas celestiales de la puerta de San Pedro s/n. Mientras, mataba el tiempo y seguía robándole la merienda a su vecinita la de los pies planos.

Julieta dedujo que probablemente lo que mataba a una persona era la rutina, y por tanto sabía que había esperanza; el final estaba cerca.

- Me llamo Rutina Legaña- se presentaba ante los desconocidos. Los desconocidos la miraban un par de segundos y seguían su rutina de autobús; leer  el periódico o mirar por la ventana. ‘Estos si que no van a durar. Usted también es Rutina-señalaba. Y la rutina les dictaba lidiar con los locos de cada día y seguir a lo suyo, así que unos miraban hacia otro lado y otros pasaban a la siguiente página del periódico gratuito, sección Programación televisiva; a ver qué ponen esta noche.

Cuando el último de los 27 854 capítulos de ‘Patíbulo de amor’ hubo acabado sin desenlace claro, Julieta apagó la tele o no volvió a encenderla más. Se declaró cerebralmente agotada y se fue al jardín a plantar unos cuantos puerros más. Por la verja del jardín se asomó una fregona morena. Julieta se levantó de un salto, de tierra hasta las cejas. ¿El imbécil? Pero el imbécil había desaparecido.

Mario se había tropezado y había caído de espaldas en unos arbustos de modo que no se le veía la cara. Julieta salió del jardín, con un puerro enganchado a su trenza izquierda. Mario se levantó como pudo y salió corriendo tropezando de nuevo con prácticamente todo. En el suelo había una bolsa de hermética transparente.

-Eh!- le dijo ella. ¡Se te ha caído! Se acercó a la bolsa que había en el suelo. Aquello palpitaba como el corazón de un recién nacido. Se agachó para recogerlo y de repente notó algo extraño en su interior. Algo así como vértigo, o ansiedad. Ya no recordaba cómo se llamaba eso. Lo miró fijamente intentando definir aquella masa roja en conserva. Cuando se dio cuenta de lo que tenía entre manos sintió algo como ‘mi madre es Sara Montiel’ (esto es miedo), luego un ‘salgo a escena y voy desnuda’, (o sea pánico) y después todo se volvió blanco.


Capítulo 10

En la cama del hospital, Julieta roncaba sonoramente, con su única coleta destrenzada y chamuscada bajo la mejilla izquierda. Su tía Chunga hacía lo mismo desde una aséptica silla del cuarto. Si algo caracterizaba a Chunga la pescadera, era su facilidad para roncar en los momentos más críticos. Era un mero acto de supervivencia. Eso es lo que pensó Julieta tras abrir un ojo al cabo de un rato y verla ahí, medio desnucada sobre el incómodo mobiliario. Mejor, si supiera lo de mi corazón, la daría un ataque ahí mismo, dijo tocándose el lado izquierdo de su pecho, que latía tranquilamente bajo un feo camisón de hospital. Julieta contuvo el aliento, alucinada. ¡Pero qué tomadura de pelo es esta! Se quedó inmóvil, cerró los ojos a la escucha y notó como su corazón bombeaba rítmicamente en un perfecto compás de vals, limpito y engrasado. ¿Estaba soñando? ¿Estaba en las oficinas de San Pedro s/n? ¿Dónde estaba el Imbécil?
Llegó la enfermera, la examinó por todos los lados y finalmente la noqueó vía intravenosa sin dar tiempo a Julieta a decir esta boca es mía. Volvía a entrar en un delicioso sueño narcótico.

Cómo volvió el corazón de Julieta a su sitio era algo que nunca supo. De vuelta a casa su tía actuaba con normalidad, y los médicos la habían tratado como quien acaba de operarte de apendicitis-objeto interno definitivamente inútil (que por cierto también aprovecharon para extirparle). Tampoco osó preguntar demasiado, porque bastante raro ya era el perderlo a trozos por la vida, para encima quedar como una idiota si resultaba que todo esto era de lo más normal …o por lo contrario un delirio suyo, típico de adolescente imaginativa. El caso es que ahí lo tenía y ahora tenía el problema de volver a nombrar sentimientos olvidados y a no ceder al pánico cuando estos volvían. No era fácil para una novata. Tampoco chirriaba nada, y aunque eso le evitaba bochornos públicos, las emociones la pillaban desprevenida y a veces no sabía como reaccionar. Tenía mucho trabajo que hacer.

Un día mas, su vecinita la de los pies planos, acostumbrada a darle la merienda todas las tardes sin decir una sola palabra, estiró mecánicamente el brazo con el bocata al ver a Julieta pasar por su lado decidida. Se paró y miró a la vecinita a los ojos.

-El recuerdo es vecino del remordimiento- dijo solemnemente. Le puso entre los brazos su preciado cajón con los ‘Objetos sin nombre y/o utilidad a corto plazo’, reanudó el paso y desapareció escaleras abajo. La niña, encogiéndose de hombros, sonrió y le dio un enorme bocado de placer a su bocadillo de sardinas, mientras se asomaba a la misteriosa caja.

Julieta, tras enmendar los robos compulsivos de bocatas, se dirigió a casa de Mario leyendo en bucle unas cuantas citas de Balzac y Dostoievski y un puñado mas de grandes autores, lista para declararse elegantemente. El frío le helaba la cara y la punta de los pies. En la calle principal, a grandes zancadas, recitaba en alto:

- ‘¡La felicidad no es algo que se experimenta, es algo que se recuerda!’

- ’La paciencia es amarga…-señalaba al cielo, ¡pero sus frutos son dulces!’

-‘Toda mujer se parece a su dolor’-suspiraba dando la vuelta a la esquina.

-‘El amor es como el fuego; si no se comunica se apaga’- tocó el timbre.

-‘Te quiero, ô, imbécil‘(…y esta frase es mía)-se dijo mirando a su ventana.

Su ‘imbécil’ bajó en 2,5 segundos despeinado y en camiseta corta. Se miraron a los ojos, echaban vaho a ritmo de footing, Julieta abrió la boca pero los nervios pudieron con ella; las citas memorables salieron corriendo y aunque quería decirle como se sentía solo se le escapó un bofetón. Acto seguido le saltó al cuello llorando como una magdalena, balbuciendo cosas ininteligibles en su bufanda de lana granate mientras el chico se dejaba llenar de lagrimones, frotándose la mejilla. Encantado.

Pronto Mario y Julieta se entendieron a la perfección. Cuando ella no sabía como nombrar esto o aquello, lo describía con escenas cinematográficas, miraba en su libros de grandes citas o buscaban una nueva palabra, y así entre ellos se creó un lenguaje en código de lo más raro. La Fea, que no era una amiga celosa, dio la bienvenida a Julieta al grupo, y quedó fascinada por ese espécimen raro de corazón tuneado. Los códigos extraños entre Mario y Julieta dejaron pronto de ser una conversación surrealista e incomprensible y se sumó a ese nuevo lenguaje cinematográfico, mucho mas divertido que llamar a Telepizza para pedir 200 unidades para Doña Jamelga, una anciana 97 años y 45 kilos que cantaba zarzuelitas en la calle. La anciana ya había encontrado una solución a este misterioso fenómeno que la concernía personalmente cada jueves que se sentaba en el banco del parque de las palomas. (Pero esa es otra historia.)

- Estuve como 2 horas ‘Fraulein Maria corriendo por la pradera…’- narraba Julieta
- ¿Con canción o sin canción? -preguntó La Fea, que entendía perfectamente la imagen.
-¡Sin canción!-exclamó Julieta ¡A ver! ¡No encontraba el baño!
- ¡O sea que llegaste tarde al examen-!dijo Mario divertido.
- Si, aparecí por clase y ‘Tom Cruise subido al sillón’.
-¿Por qué ridícula?- preguntó La Fea extrañada.
- Porque llevaba la falda del revés y todos se dieron cuenta. ¡Madre mía qué…mmm…!¿Bochorno?
- Bochorno está bien-asintió la Fea.
-Pero bueno. Luego en casa….

Las frías tardes de invierno pasaron volando en este tipo de conversaciones en las que Julieta les contaba su pintoresca vida con su tía Chunga, y el tiempo que tardó en volver a crecerle la coleta derecha, la primavera había llegado de nuevo. Fueron meses complicados para Julieta, que con los olores que traían los jardines estaba desbordada de sentimientos sin nombre. Su corazón, al ser una fabricación casera de Mario, abarcaba amor por muchas cosas (a veces absurdas) que antes no tenía y que fundía en un solo concepto. Esa síntesis se materializó sin ir más lejos en unos bocadillos de mezclas espantosas que enamoraban a Mario. A veces esos bocadillos eran incomestibles, pero eso era lo de menos, porque Julieta los hacía con el corazón, y aunque Mario se tenía que sacar trozos de plastilina de la boca cuando ella se distraía contando historias al viento, el chorizo con yogur y puerros entre pan pasaban bien con la leche con coca-cola.

Nunca olvieron a separarse.

Epílogo.

…Y si el lector se pegunta que ocurrió con el Mustio y Julieta, le diré que años después, se fueron lejos, donde abrieron un restaurante -‘Bocadillos Borderline‘- para paladares audaces, que hizo furor en la ciudad. El cartel de la entrada rezaba ‘Perdimos la cabeza, pero cocinamos con el corazón’. Y hablando de perder, hubo críticos gastronómicos que perdieron el norte, y otros que espantados, se fueron al sur. Pero la cocina extrema había llegado para quedarse, y a Julieta le quedaba corazón para rato.

FIN.

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