martes, 10 de agosto de 2010

EL GRAN SUEÑO

Capítulo 1. ¡Despierta!

-¡Oye, despierta! ¡Ayúdame a abrir esta puerta, necesito salir de aquí ya! ¡No puedo respirar!
Miró asombrada a la sombra acostada en un camastro que la ignoraba.
-¿Por qué no te levantas? ¡Sal de tu cama y ayúdame! ¡He tenido un sueño increíble, ¿sabes?!-dijo palpando la ovalada puerta metálica.
-Ya lo sé-contestó para si misma su compañera sobre la litera.
- Te lo contaría pero ahora no me acuerdo.. y primero tengo…tengo que decírselo a…
Para haber tenido un sueño ‘increíble‘, la chica parecía mas bien estar presa del pánico. Intentó girar la rueda de la puerta metálica con todas sus fuerzas pero esta no cedió ni un milímetro.
-JOD-D-DEEEER! Le dio brutales patadas hasta que se hizo daño y desistió. No recordaba a quién quería contárselo. Su ansiedad crecía y se agachó. Con la cabeza entre los muslos, se frotaba histéricamente la nuca rapada y gemía.
-Dios ¿Por qué no...?¿Qué coño hago aquí? -se decía aterrorizada.
Elsa, la sombra que ignoraba, miraba tumbada al ventanuco del techo de la 29K que daba al exterior, recubierto de polvo ocre. Comprobaba de vez en cuando el estado de la chica que ya no hablaba y seguía acariciándose el cráneo rapado. Su estado ha empeorado. Demasiado rápido- murmuró. No va a durar mucho.

El calor era pesado y apenas había luz. Afuera atardecía. Un neón verde era lo único que les permitía verse la una a la otra, encerradas en un cubículo acristalado y manoseado con orificios a ras de suelo. El aire estaba viciado a pesar del ventilador del techo. Olía a hongos y descomposición.

                                                                 ***********


Había pasado aproximadamente una hora desde que la chica rapada se había derrumbado. Finalmente levantó la cabeza con ojos hinchados y escudriñó triste y rabiosa a su compañera, que la observaba desde su camastro.
- Quien soy.
Elsa dejó de mirarla y fijó de nuevo el ventanuco. La imagen de un hombre de pelo castaño alejándose sin rumbo volvió a mente, como un calambre. ¿Por qué te has ido?
En la celda contigua se adivinaba en la oscuridad un bulto inmóvil en una litera. La chica se puso en pie, alzó los brazos y pegó las manos abiertas contra el cristal de espaldas a Elsa. La cabeza rapada lo golpeaba repetidamente.
-QUIÉN-ERES.
Pero Elsa no respondió. Esa pregunta ya la había contestado demasiadas veces.


Capítulo 2. El fin del principio.

Unas manos curtidas y arrugadas se aferran a la manta. La única que ha encontrado entera entre los escombros de una casa. Boca arriba, sobre un colchón polvoriento, sus ojos testigos de incontables años fijan la noche desde un cuarto sin techo. A la escucha. Los bombardeos han cesado. Todo ha cesado. Nada se mueve excepto sus párpados que expulsan lágrimas con polvo, su pecho cansado que inhala el aire quemado de una aniquilación total. La vida también se ha marchado de este último recóndito del mundo. Por fin. Está tan cansada de buscar. Ya no hay nada que perseguir …solo liberar sus recuerdos para poder marcharse ella también …Recuerdo…
…y olvido. Ambos dolor.

A lo lejos, el tiempo hace su trabajo y continúa su marcha. Los ojos que miran al cielo dejan de parpadear. Las manos sin vida liberan la manta. En esa noche sin testigos, una fabulosa aurora boreal se forma sobre una casucha derruida. Y aunque no corre ninguna brisa en el infierno que empieza a apagarse, les desvelaré que lo que remueve el aire y colorea la noche durante un instante, es el viaje del último suspiro, transportando en el tiempo el sueño mas bello jamás soñado. El Gran Sueño.


Capítulo 3. Felicidad Clandestina.

Afuera, desde el otro lado de una escotilla de la 8G Antiaérea anexo al Nido, una silueta observaba a escondidas el interior de una sala bajo el suelo donde un hombre gesticulaba sonriente con movimientos suaves y amplios a un pequeño grupo de gente sentada que le rodeaba, inmóvil, atentos a cada palabra - muda a este lado del cristal - que salía de su boca. Cualquiera hubiera podido decir que se trataba de un profeta trayendo la buena nueva. Sin previo aviso, dos Veladores forzaron la puerta, le agarraron y le sacaron entre forcejeos de la 8G. Uno de ellos volvió a entrar blandiendo una porra eléctrica y miró al corro. Los presentes, mujeres y hombres de distintas edades, ya en pie, guardaron silencio y bajaron la cabeza. Se oyó un golpe y un gemido al otro lado de la puerta.
- ¡Vais a conseguir que acabemos todos infectados! -reprochó el Velador furioso al grupo. ¡Llévatelo a la 17K!- gruñó de seguido a su compañero. ¡El próximo que intente Relatar será ejecutado! ¡Son las leyes!
- ¡Sus leyes; no las nuestras! ¡Tenemos derecho a escuchar el Gran Sueño!- rugió Waldo.
-¡Cállate! Mírate.¿Crees que vas a salir de aquí? No necesitamos mas desmemoriados ni suicidas, necesitamos sobrevivir.
-¿Sobrevivir? Necesitamos esperanza para poder sobrevivir- declaró una joven de pelo rapado.
Una segunda mujer mas mayor, intervino.
- Es un sacrificio, no un suicidio; nos traen la felicidad que nosotros no podemos soñar. Nadie ha probado que el Gran Relato provoque el Gran sueño y…
El segundo Velador, que acababa de regresar, se impacientó y el breve discurso de la mujer quedó interrumpido por una descarga eléctrica directa al corazón. Zitta, de 35 años cayó desplomada entre convulsiones. La dudosa autoridad cerró la puerta tras de si y los otros 6 se quedaron callados un minuto, atemorizados y llenos de rencor.

El viejo Noa Fritz rompiendo su silencio, anunció que la noche siguiente estaba programado otro encuentro clandestino en la 26. Lo había sabido esa misma tarde antes del salir del Nido. Quién, preguntaron todos. Gonzo. Había soñado hacía una semana y estaba fuera de si. Estaba sufriendo en extremo a causa de su silencio. Nadie había sido capaz de aguantar tanto tiempo sin Relatar, se sorprendió un chaval de no mas de 17 años.

-Eso no lo sabes, Loïc- dijo otro. Ahora la gente tiene miedo a confesarlo. Podrían estar sufriendo mas personas de lo que pensamos.

- Dicen que está en éxtasis prácticamente todo el tiempo- añadió finalmente Fritz.
“Delirante, ido, orgásmico.” El Gran Sueño provocaba una felicidad embriagadora absoluta, e iba en aumento si no se liberaba pero también provocaba una ansiedad aterradora; la de cargar con una revelación y no poderla compartir, la de andar pletórico entre seres desesperados, vacíos de toda vida. Y es que todos sabían que Relatar estaba prohibido, pues se decía que provocaba en la gente el ‘Gran Sueño‘. Gonzo y la gente que se reunía clandestinamente no creían en un contagio, aunque si conocían las consecuencias. Pero su suerte ya no importaba, había dicho, ya había tenido el Gran Sueño, era hora de afrontar el resto. Compartiría su felicidad para no volver a sentirla jamás. Para empezar a morir.

-Por Gonzo-chocaron todos con el puño cerrado a modo de brindis. Hacia tiempo que en el Nido se había acabado cualquier tipo de alcohol.

El curioso que había estado observando la escena desde el otro lado se retiró tan discretamente como había aparecido.



Capítulo 4. El principio del fin


El cambio de turno se efectuó con rapidez esa madrugada. Nada de charlas frente al fuego. Fuera hacía un frío insoportable. Menos 23 Grados. El cielo despejado aumentaba la sensación hostil que provocaba el paisaje vacío. Blanco y llano hasta donde alcanzaba la vista. La nieve crujía bajo unas botas de piel de oso que se acercaban.

-La tempestad ha matado a Soko-anunció neutral el hombre a su relevo, que miraba asustado a la bolsa de plástico negra que arrastraba este hacia el interior.
-¿Qué vas a hacer con él?
- Ñam, ñam.
-Era de Neus.
- Era.
El hombre que se incorporaba al cambio de turno miró a su compañero alejarse hacia la escotilla oeste que llevaba al Nido. Ahí iba el que había sido como un hermano cuando nada de esto existía-la Guerra, la Antiaérea- cuando vivían en la misma plataforma lejos de aquí, cuando se juntaban con los demás para hacer planes de futuro o simplemente a soñar. Pocos años habían transcurrido desde esa época feliz, pero veía que en sus ojos vidriosos ya no estaba aquel amigo. En aquel cuerpo no habitaba nadie. Demasiada tragedia. Ese pensamiento aumentó la desolación que sentía al saber que le quedaban esta y tres noches mas de guardia esa semana. Para qué. Qué vengan de una vez y acabamos con esto. Se llevarían una sorpresa al descubrir que aquí no tenemos ni para dos estaciones. Así nos dejarían en paz. ¡Animales!

Y sin embargo los últimos dos meses habían sido tranquilos; ni el mas temerario de los enemigos era tan imprudente como para atacar con semejantes condiciones atmosféricas. Renato, el nuevo relevo, se agarró a esa noción y se sentó frente al fuego azul, armado de paciencia y un rifle a esperar el amanecer que llegaría en apenas 5 horas. El fuego azul ,un líquido que se quemaba en el interior de una semiesfera de acero sobre la nieve, era el único punto de calor en la superficie en 20 Km. a la redonda, una discreta señal de vida de un paraje desolado que a veces atraía a algún animal curioso al plato del Nido.
No había pasado una hora cuando Renato, envuelto en su abrigo de piel hasta los tobillos, cayó en un profundo sueño. El viento polar, que parecía esperar ese momento, dejó de azotar en la superficie, dejando paso a una cálida brisa. El cielo cambió en pocos segundos. Al final del horizonte aparecieron en escena inmensas olas de luz verde, como un resplandor llegado de otro mundo. La marea luminosa se mezcló con la tinta negra de la noche, dibujando remolinos de mil tonalidades, arrastrándose envolventes, bailando como el fuego, deslizándose como un río silencioso en la inmensa pantalla estelar. Una fuerza invisible separaba el cielo de la tierra, lo divino de lo mundano. Era una magia que sólo nacía para sí misma, intocable, una naturaleza que no necesitaba espectadores, trabajaba para un fin. Y quizá por azar, o bien por el destino, la naturaleza encontró en un hombre dormido junto a un fuego artificial una toma de tierra y lo señaló. La aurora boreal se concentró más intensa que nunca sobre la cabeza de aquel ser, que inmerso en la tierra de los sueños, de lo universal, permitió que algo sobrenatural ocurriera. El cielo miró al hombre y el hombre, en su sueño, miró directamente a los ojos del cielo. Mientras el viento tibio le relataba al oído las palabras mas dulces jamás oídas, sus ojos contemplaron las imágenes mas hermosas jamás imaginadas.


                                                        **********


Renato fue gritado, abofeteado, sacudido durante unos minutos, pero nada de esto le despertaba. Había caído de la silla como un saco de cemento y tenía una extraña falta de expresión en el rostro, rígido y mortalmente pálido. El fuego azul se había derramado quemándole una manga y el bajo del abrigo. El sol estaba a punto de aparecer tras el horizonte. Su relevo le agitaba nervioso. Un tercer hombre se asomó al exterior atraído por los gritos.

-¡No sé qué le pasa! ¡No se despierta!-le dijo asustado al curioso.
- Tómale el pulso en el cuello.
Le quitó la capucha, le desenrolló la bufanda y le colocó dos dedos al lado izquierdo del cuello para palparle la yugular. Su pulso latía saludablemente. El tercer hombre salió y ayudó al relevo a mover a Renato. Le apoyaron contra la silla. Se quedaron unos minutos observándole e intercambiando miradas de incertidumbre. La esfera roja que anunciaba el amanecer tornó el cielo rosa instantáneamente y ambos se giraron a contemplar el espectáculo. Era la única cosa hermosa que quedaba en sus vidas. La cálida luz ahora bermellón se extendió a izquierda y derecha de la línea del horizonte evolucionando sus colores, enfriándose por segundos y el sol, abriéndose al cielo que ya naranja y ahora amarillo dio paso a otro improbable día.
- He tenido un sueño INCREIBLE.
Los hombres se giraron bruscamente hacia Renato, que con una sonrisa de oreja a oreja, los ojos brillantes y la sangre de vuelta en su cara, les miraba extasiado. Parecía no caber en si de felicidad.
- Joder Ren, vaya susto que me has pegado. Pensé que te había dado un derrame o algo. ¿Qué te ha pasado?
- Increíble-negaba incrédulo Renato. Creo que ha ocurrido algo esta noche….Es… ¡Hay esperanza! Voy a reunir a todo el mundo esta tarde, quiero que lo oigáis! ¡Vamos, vamos!
- A este el frío le ha resecado del todo el cerebro, murmuró el hombre al nuevo Relevo agarrándole del codo.
Por toda respuesta, este alzó los hombros y miró disgustado a lo lejos. Todos los amaneceres se acababan estropeando.


Capítulo 5. El Gran Sueño

Todos le miraban, y ninguno de la misma manera. La asimétrica disposición del grupo, repartido en oscuras esquinas y un semicírculo débil demostraba poca convicción. Renato había subido al morro de una vieja avioneta de 2º Guerra Intercontinental oxidada para ser mejor escuchado. En la sala de embarque de la Antiaérea 3, el contador marcaba las 6:00 horas y se disponían sin saberlo a escuchar lo que mas tarde denominarían el Gran Sueño.
De la Antiaérea 1, tras el último bombardeo terrorífico 9 meses atrás, solo habían sobrevivido un hombre y una mujer, en ese semicírculo presentes, y de la 2 solo se pudo rescatar a un par de perros rastreadores con vida. Aquí en la Antiaérea 3, la suerte geográfica les mantenía escondidos y a salvo de un enemigo sin escrúpulos, que aunque a ciegas acechaba sin descanso desde hacía 3 años al último refugio de una población fatalmente diezmada. De un equipo de mas de 500 científicos, ingenieros e investigadores y otras profesiones en peligro de todo el mundo, resistían 36 hombres y mujeres de varias nacionalidades, 2 niños y 1 niña, todos menores de 12 años. Las malas condiciones de supervivencia que llevaba el grupo bajo tierra, la escasez de alimentos y de agua potable les mantenía en un estado de baja moral y salud. La depresión y el insomnio eran habituales en el grupo y ‘el Nido’, como llamaban a la zona de descanso, era una colmena de personas flacas y tristes, ojerosas y lentas, sin ninguna alegría. Había que consumir la menor energía posible por lo que se habían acostumbrado a llevar un ritmo doblemente lento. Se había acabado la iniciativa, se había apagado la conversación y perdido el espíritu de resistencia. Los hombres y mujeres de la Antiaérea 3 no creían en la esperanza de una vida mejor. Ante la imposibilidad de vivir en la superficie a causa del peligro, el clima extremo y la hostilidad del terreno, probablemente morirían una vez terminadas las reservas de alimento, o aniquilados por el enemigo, o matándose entre ellos por una lata de conserva. Fargas, el hombre que se había autoproclamado jefe de esta pequeña ‘resistencia‘, un antiguo militar de rango intermedio no lo era por consenso, sino por fuerza, y su carácter estricto y sin compasión les hacía todavía mas miserables. Se había rodeado de un puñado serviles secuaces que interesadamente apoyaban su liderazgo y hacían las funciones de fuerza del orden el la Antiaérea. Una mujer y cuatro hombres que esperaban ambiciosos su momento para resurgir mientras daban rienda suelta a sus frustraciones a través de una función opresora. Habían sido eufemísticamente llamados Veladores.

Curioso y quizá demasiado aburrido también, quiso saber Fargas qué era aquel sueño profético que el joven Renato había proclamado a los cuatro vientos. Era meticuloso, no toleraba el desorden y la rebeldía, y como tal, decidió que aquel encuentro le daría una idea del estado de sus subordinados; su reacción frente al acontecimiento le diría si había de crear otra medida disciplinaria contra aquellos que agitaban la conciencia de los demás. Una corrección a tiempo les recordaría quien seguía al mando. Eso es a lo que se aferraba. La sensación de control era lo único que le mantenía cuerdo. No se fiaba de nadie, despreciaba al civil. Su otrora carácter espartano le movía a un deber en el que realmente ya no creía. El peso de la responsabilidad y una ilusión errónea de la superioridad de su carácter, hacían de él un hombre patético y un líder caricaturesco.

A las 6:03, 38 hombres, mujeres y niños de piel gris, tras unos ojos oscuros y cansados, empezaban segundo a segundo a respirar mas profundo, a ventilar sus cuerpos sin oxígeno, a recuperar el color en sus caras. Los rincones de la sala se vaciaban para ocupar el espacio central bajo la calidez de un Relato que empezaba a cobrar vida. Todos se levantaron, hubo manos que tomaron otras y docenas de retinas se dilataron en la oscuridad. La atención de la sala era total. Renato estaba mas allá de sí mismo. El sólo era el cuerpo transmisor de unas palabras que le escogían a él, no era dueño de su voz, grave y suave a la vez, cálida onda expansiva vibrante, con olor y sabor; un sonido emocionante; casi doloroso. El relato era como sobrevolar sin tiempo entre luz blanca y cegadora, como un orgasmo eterno; la unión total con la materia, con el otro, la consciencia del ser y del todo; el amor y la belleza, la vida y la muerte.

Todos habían cerrado los ojos y levantado la cabeza para recibir en sus rostros la caricia del Gran Sueño que por primera vez estaba siendo Relatado.


Capítulo 7. La Prohibición.

Elsa abrió los ojos. No podía mover ni un brazo, agotada. Las reconciliaciones siempre eran mas intensas. Sentía un ligero aunque placentero vértigo. Sabía que había soñado algo hermoso, imposible de visualizar ni de recordar pero ese inexplicable placer perduraba todavía, fluía por sus venas como un opiáceo. Sus ojos hinchados apenas se podían abrir. Boca abajo en la cama de la cápsula, miró a su izquierda. Su lado estaba vacío. Últimamente se levantaba antes que ella. Con lo que le gustaba remolonear. Debía ser duro abstenerse de Relatar. Ni se lo imaginaba. Supuso que Gunnar había ido a correr por el Nido para despejarse. Volvió a cerrarlos, dispuesta a dormirse de nuevo. De repente, imágenes como flashes vinieron a su mente, de la discusión de la noche anterior, de otros tiempos y lugares con él, de una voz susurrándole cosas al oído. Una voz lejana, unas palabras de amor y despedida. ¿Cómo distinguir? ¿Sueño o realidad? Dejó de respirar. Una repentina certeza le paró el corazón un instante. Sacudió la cabeza aterrada, se levantó de un salto, se puso la misma ropa que unas horas antes le habían quitado y salió de su cápsula. Los pasillos curvados del Nido eran interminables, gélidos y Elsa los recorrió rápido para entrar en calor, esperando cruzarse con alguien que la ayudase a encontrarlo. A alguien que la recordase, pensaba angustiada. Horas de búsqueda por cada desértico pasillo de la Antiaérea, salas, ascensores y despensas y nada. Pero de vuelta a su cápsula le encontró sentado a un lado de la cama mirando con gravedad un roído póster de la pared de una ciudad del siglo XX.

- ¡Ahí estás!-suspiró Elsa desde la puerta. Tengo que peguntarte algo sobre…
Le notó extraño. Se acercó a él con la intención de acariciarle.
- ¿Por qué tenemos este póster? Nunca hemos estado allí… Su inocente comentario era en sus ojos temerosa duda. Elsa lo supo; bajó el brazo, helada. ¡Estaba olvidando! Se sentó lentamente a su lado. Se habían prometido mutuamente que no Relatarían pasase lo que pasase, la memoria de su vida feliz juntos era, había dicho él, lo único que les mantendría vivos.
¡Allí es donde se habían conocido 14 años atrás! ¡Donde había comenzado su historia! ¡No podía olvidar ESO! Elsa le miró con infinita tristeza y después al póster.
- Ya iremos- dijo ella al fin con un hilo de voz.
- Ya no importa. Después hubo un silencio y ella le vio marcharse de la cápsula meditabundo.
Todo acababa de cambiar. Se sintió traicionada, ya abandonada a su suerte. No podía ser, no se habían separado ni un momento desde que él le confesó que había tenido el Gran Sueño, 6 días atrás. Pero ella sabía de la urgencia que desencadenaba el Gran sueño, y aunque le había disuadido de ir a las reuniones clandestinas que se celebraban para Relatar o escuchar…a menos que…No,él no le mentiría. Pero una angustiosa duda la acompañaría desde ese momento.


                                                            *********

Tres meses habían sido suficientes para que la mitad de los 39 habitantes del Nido hubiesen tenido el Gran Sueño, y para que Fargas, viendo morir a su gente, declarase Prohibido Relatar. Pues esto fue lo que pasó: después del sueño de Renato, los espíritus habían renacido en la Antiaérea, unos y otros intercambiaron durante días sus impresiones y sus recuerdos de aquel momento indescriptible que deseaban volver a sentir, que esperaban se iban hacer realidad. Todos menos el propio Renato, que desde entonces, deambulaba solo y perdido por el Nido, melancólico, como si se hubiese vaciado de toda esperanza que había contagiado al resto. Nadie se explicaba porqué y Renato no supo expresarlo claramente. Al cabo de una semana, Renato, el gran conversador, dejó de hablar, solo miraba a la gente con ojos de horror. No reconocía a nadie de su entorno, y vanos fueron los esfuerzos para que recordase cada día donde estaba y porqué estaba cautivo bajo tierra. Una y otra vez se le acercaban sus amigos mas próximos a rememorar anécdotas juntos, desesperados por hacer volver a aquel ser irremediablemente triste al que creían un salvador, y cuantos mas días pasaban, mas se borraban en su cabeza datos sobre su identidad y su pasado.

La gente recibió la noticia de la muerte de Renato con incredulidad y rabia. Un Relevo le había encontrado congelado y medio comido por algún animal carroñero. Había salido una noche fuera de la Antiaérea a la intemperie a más de 15 grados bajo cero y no volvió a entrar. Quería irse a su casa, había dicho a un desconocido en un ascensor que llevaba al Nivel 0. Su compañero acostumbrado a su comportamiento errático, no había dado mayor importancia a las últimas palabras de Renato.

El Nido, desde la desaparición de Renato ‘el Primer Soñador‘, no era el mismo. Sin embargo, 2 semanas después, el Gran Sueño volvió a manifestarse milagrosamente en varias personas del grupo. Eso eran buenas noticias desde aquel triste suceso, y el grupo, incluido un distante Fargas se sentaban a escuchar el relato de cada nuevo soñador. Le experiencia extática se produjo otra vez y las siguientes. Afortunado era aquel que había experimentado el Gran Sueño, por vivirlo y mas tarde por poder transmitirlo. El trance que experimentaban espectador y soñador cuando Relataba era un misterio de la naturaleza, y solo un par de supersticiosos asustados lo achacaron a una posesión demoníaca, mientras una buena parte del grupo lo interpretó como una señal divina. La otra mitad restante, lejos ya de cualquier creencia, simplemente lo aceptó como el misterio que era, beneficiándose de sus efectos.

Pero el caso de Renato pronto se repitió en el Velador personal de Fargas; Nicholas, y mas tarde en la 3º soñadora. Para el primero, aunque creyente, fue suficiente prueba de que no se trataba de un arte divino, sino de un virus contagioso y extremadamente peligroso que había matado a la única persona por la que sentía algo, Francka, la 3º soñadora. Tras , el ’contagio’ de 5 personas mas en 4 días, y el suicidio de 3 de ellos en las semanas posteriores, Relatar quedó prohibido por ley so pena de muerte.


Capítulo 8. Felicidad clandestina

En la cápsula de Noa Fritz, un reducido grupo de la gente del Nido discutía las nuevas leyes de Fargas, anunciadas esa misma tarde. El grupo, o lo que quedaba de él, había sido convocado en la sala principal de la Antiaérea para recibir nuevas instrucciones de su líder. Había leído un nuevo manifiesto en contra del Gran Sueño, lo había calificado de sofisticada arma enemiga, declarado contagioso y mortal, y decidido que sería erradicado de raíz sin demora. Así pues, punto 1, no se volvería a Relatar, punto 2, este hecho sería severamente castigado; punto 3, los contagios debían ser informados para una cuarentena indefinida en la Sección K, y por último punto 4, se denunciarían los casos de contagio considerándose el silencio cómplice como traición; su castigo, la muerte. Confiaba en que todo este asunto se normalizaría pronto, sentenció Fargas. Su frialdad había dejando a la gente inquieta. No lo había consultado con el resto. Nadie se esperaba semejantes medidas. Pero si ni siquiera sabían que estaba sucediendo ni cuanto tenía que ver con el Gran Sueño. Todo esto era muy precipitado. Había llegado al Nido ese temido día en que las leyes incluían pena de muerte en su vocabulario.

Las opiniones estaban divididas y los ánimos mas bajos que nunca. Solo unos cuantos intervinieron, lanzando al aire comentarios sin conexión.

-Castigar con la muerte a alguien que ya está muerto de antemano me parece un chiste- dijo Zitta con desprecio.
-Me parece un favor- ironizó Gerard.
- Mi hermana no está muerta, ten cuidado con lo que dices. El joven Loïc miraba a ambos dolido por el comentario. Pero su hermana ya no le reconocía, era cierto. No había salido de su cápsula en varios días y cuando no hablaba de la muerte, dormía todo el tiempo. Era lo mismo, en realidad..
- ¿Donde está la dignidad? ¿Somos perros a los que hay que castigar? Gritaba Waldo. Sus intervenciones era siempre apasionadas.
Pronto se formaron pequeños corros de 2 y 3 personas.
-¿Significa que Tiago y Margot van a ser trasladaos a la sección K? -preguntó temerosa a su amigo una chica morena.
- Tiago no lo ha Relatado.
-Margot si.
-Eso da igual. Se les considera contagiosos-dijo otro. Fargas sabe que el Soñador, Relate o no, no tiene remedio. La cuarentena es una excusa cobarde para librarse de ellos.
-Yo he escuchado el Gran Sueño mas de 6 veces y no me ocurre nada-apuntó otro.
-¿Pero conoces alguien que no lo haya Relatado? Nadie. Todos lo hacen al final.
Dos mas discutían por otro lado:
-Esa no es la cuestión. No se trata de algo que se contagie.
- ¿Cómo lo sabes? - cuestionó Gerard.
- No, la cuestión es otra,-cortó Zitta captando la atención de todos. Se trata de decidir si nos comprometemos a seguir Relatando o vamos a chivarnos al jefe. Lo presentes se miraron unos a otros, tratando de leer en cada rostro las intenciones de los demás.
-Se trata de decidir si vamos a apoyar a los Soñadores-continuó. Su condición es triste pero inevitable. Pero todos sabemos, incluidos ellos mismos lo que nos aporta el Gran Sueño. Hubo un silencio. Todos atesoraban secretamente esos momentos, los únicos por los que valía la pena vivir en aquel agujero bajo tierra. ¿Renunciar a los Relatos? Eso serían su fin.
- No doy credibilidad al liderazgo de Fargas- intervino el respetable Noa Fritz- y por eso me niego a obedecer. Creo que somos conscientes del final ineludible que implica el Gran Sueño, tanto tenerlo como oírlo. Y es algo grande, místico. Nuestra nueva esperanza. La ley aquí no tiene cabida. ¿Estáis de acuerdo?
Casi todos asintieron con la cabeza.
-¿Cuántos de vosotros estáis de acuerdo con la aplicación de la ley de Fargas? ¿Cuántos de vosotros creéis que el Gran Sueño se contagia? ¿Que ha de ser silenciado?
Nadie levantó la mano, pero hubo alguno que miró al suelo.
-Bien, retomó Fritz. En solidaridad con los Soñadores de ahora y del futuro propongo a los que estamos aquí presentes un pacto. A partir de ahora aquel que experimente el Gran Sueño, podrá si así lo desea Relatar sin miedo entre nosotros. Será un acción de beneficio mutuo.
-Levantad la mano y jurad que estas palabras no saldrán de aquí. ¡A partir de hoy queda decidido seguir nuestra propia conciencia, apoyar el Gran Sueño y no contribuir al olvido!
Todos levantaron la mano derecha y se miraron, con un nuevo aire de ilusión grave.
Se fijarian días y lugares para los relatos clandestinos.
La reunión se disolvió en silencio y cada uno volvió a sus cápsulas.

Capítulo 9. Al Oído.

“...y no contribuir al olvido…”
Las últimas palabras de Noa Fritz se repetían una y otra vez en la cabeza de Gunnar.
No contribuiremos al olvido. Y sin embargo el Gran Sueño es el olvido. De vuelta a su dormitorio, andaba un metro por delante de Elsa, que lo alcanzó y le interrogó con la mirada. Entraron a su cápsula. Por fin habló.
- Es que no me lo quito de la cabeza- dijo estrangulando las palabras en su garganta. Andaba de un lado a otro sin mirarla. Vivía frenético y apenas dormía desde que había tenido el Gran Sueño.
- Sé lo que estás pensando, Gunnar. No lo hagas, te lo advierto. ¡Hicimos una promesa!
-¡Ya lo sé! Solo es que… ¡Tiene que haber alguna forma de evitarlo!
- ¿¡Evitar el qué!?
- El olvido. ¡Tiene que haber una forma de Relatar sin olvidar! Si me pudiese liberar sin hablar…
Miraba de reojo a Elsa que escuchaba con temor las indirectas que le lanzaba. Sus sentimientos le traicionaban. A cada segundo un poco mas.
-Tengo aquí dentro como un…creo que me está matando, Elsa. Gunnar intentaba sonreír pero solo le salía una mueca de dolor.
-Tengo miedo. No sé cuanto más voy a poder aguantar en silencio.
Elsa estaba furiosa, no aceptaría una derrota suya tan rápido. Ese no era él.
- ¡Tienes que aguantar! ¡Si me quieres aguantarás!
Se hizo el silencio en la cápsula. Las hélices de ventilación daban lentas vueltas sobre sus cabezas. Gunnar habló de nuevo.
-¿Porqué nunca has querido asistir a los Relatos?
- Porque sólo son sueños. No es bueno vivir de falsa esperanza. Por lo que a mi respecta el Gran Sueño es un sedante engañoso que nos está matando a todos. Algún día nos iremos de aquí pero no soñando, sino luchando. Y recordando por qué y por quién luchamos. Porque sin memoria no nada importa. Sin ti nada me importa.
Las palabras de Elsa le estremecieron. Quería corresponder.
-En mi Gran Sueño, sólo tú…

Elsa le atravesó con la mirada, fue directa hacia él y le soltó una bofetada. Le reprochó su cobardía y que si así era como la amaba, era evidente que no valía la pena recordarlo, y que ya podía irse a otro lado a Relatar. Al salir dio tal portazo que hizo saltar la alarma del pasillo Sur de la -1 donde se encontraba su cápsula. Algunos se asomaron al pasillo y vieron correr a Elsa.
Gunnar, nervioso, se fue a pasear por la Antiaérea a sobrellevar en soledad el peso de su condición. Que no aguantaría por más tiempo era una certeza, tan cierta como la decepción que provocaría en Elsa. Su Gran Sueño, quería haberle dicho en la cápsula momentos antes, era en esencia la definición de su amor por ella. Y no podría decírselo nunca, a riesgo de destruirlo todo.

Estuvo andando por la Antiaérea mas de 4 horas, y de madrugada había tomado una decisión. Volvió al Nido. Abrió suavemente la puerta de su cápsula donde Elsa dormía, se metió entre las sábanas y la abrazó. Ella se despertó y se giró hacia él. Había estado llorando. Le dijo que lo sentía, que se había asustado porque no quería perderle, que dónde se había ido tanto tiempo. Gunnar le aseguró que no había ido a ningún relato clandestino, y que ni pensaba hacerlo. Solo había ido a decidir la mejor manera de hacerle entender que la quería y que siempre estaría con ella. Elsa le llamó pelota y se rió. Sin pronunciar nada mas, le dijo que le haría el amor como aquella vez en…
-¿Te acuerdas?
-Nooo-rió ella.
No había amanecido todavía. Elsa respiraba profundamente de espaldas a él. Gunnar no dormía. Miraba al ventanuco situado encima de la cama .Se acercó suavemente a Elsa. Aspiró el aroma de su nuca y cerró los ojos. Asomó la cabeza por encima de la suya siempre con los párpados bajados y rozando con sus labios el oído de ella, comenzó a susurrar sin voz palabras prohibidas; Relató solo para ella sin pausa hasta el primer rayo de luz; hasta quedar vacío. Aunque sabía que Elsa no lo entendería y jamás se lo perdonaría, acababa de darle el mejor regalo que podía imaginar. Después se iría lejos, no le permitiría presenciar su declive. Pasado mañana, con la luna llena. Tomada la decisión, se levantó, se vistió y salió de la cápsula. Sentía un culpable alivio en el pecho y la entereza de un hombre que acababa de asumir su destino.



Capítulo 10. Retorno.

La vigilancia exterior se había acabado. Las reservas interiores también. El Nido ahora no era mas que un sepulcro subterráneo en forma de espiral. De 39 personas, quedaban 6 adultos: Fargas, Ronan el Velador, Isabela, Yann, Gregori- todos ’infectados’- y Elsa. El último niño se había rendido dos días antes. El enemigo no tardaría en descubrir la localización de la Antiaérea 3 a causa de la cantidad de desmemoriados que erraban por la superficie desorientados. Seguramente mas de uno había sido capturado, interrogado sin resultado y finalmente abatido.

La 29K fue la última celda de aislamiento en ser ocupada. Elsa fue llevada sin resistencia por el último Velador disponible, que no entendía porqué llevaba a una mujer tan simpática a cuarentena. Desde la desaparición de Gunnar hacía 38 noches, asumía sin energía el fatal desenlace de los acontecimientos. Había visto impotente como todas las mentes de los miembros del grupo iban difuminándose a su alrededor, hasta perder la cordura y desprovistos de vida. Mentes borradas, sin identidad vagando por los pasillos, preguntando a cada momento, huyendo de su propia sombra como quien es seguido por un extraño en un callejón oscuro. Deseaba el mismo final para ella, pero no olvidaba ni un solo segundo de su vida pasada con Gunnar, de su infancia, de la guerra y de la Antiaérea. Sólo quedaban fantasmas, ella y sus recuerdos. El Nido era ahora un refugio subterráneo sin alma, abandonado y oscuro. Elsa, tras 3 días sola en la 29K dejó de oír a sus compañeros confinados en las celdas de cristal contiguas a la suya sumidas en la oscuridad. Yann y Zitta ya estaban en un avanzado estado de ‘desmemorización’ y depresión cuando fueron encerrados, 4 días antes que ella. No había nada que se pudiese hacer por ellos. En el cuarto día, dos horas después del amanecer, trajeron a una confusa Isabela, la chica que llevaba siempre el pelo rapado. Fue la última sentencia de muerte de Fargas, el último en ser visitado por el Gran sueño una semana antes. Hacía grandes esfuerzos por recordar qué amenaza debía destruir. Luchaba contra un enemigo que no recordaba y el miedo le volvía mas irracional. Había decidido encerrar a todos para su propia seguridad. Para él, todos estaban contagiados de algo que no recordaba y debía volver a la superficie, reunir a su ejército y partir a una guerra en concreto que había acabado hacia años. Efectivamente, tras cazar a Isabela, el último ’infectado’ (ya que él negaba estarlo) salió resuelto el primer día de Agosto a la superficie, pero solo encontró las balas de un francotirador enemigo, a 30 Km. de la Antiaérea. Cuando este no volvió, el último Velador, olvidó sus funciones y se perdió para siempre en algún recóndito sitio del Nido. Elsa no volvió a verle, pudiendo dar fin libremente a su encierro. Pero no lo hizo.


                                                                     *********


Por qué te has ido. Un intercambio de palabras cotidianas y Gunnar alejándose sin rumbo por el pasillo. Qué estúpida. Debía haber adivinado que se iba del Nido aquella noche. No aceptaba que pudiese acabar como los demás. Quizá había encontrado un modo de sobrevivir al Gran Sueño. Igual no aguantó mas y se fue para no Relatármelo. No te engañes. A alguien tuvo que contárselo. ¡Olvidó Oslo! Quizá no entendí qué me quería con que ‘no hemos estado‘. Igual quería comprobar algo. Quizá esté allí esperándome. Elsa se torturaba impenitentemente con estos ridículos pensamientos hora tras hora sin ninguna otra intención que la de sufrir.

Me iré a Oslo pensó de repente. Dejó de divagar. Fue entonces esa idea lo único que deseó en un mes y medio de agonía. Se quedaría hasta que Isabela se fuese como el resto y saldría de allí. Le encontraría y le haría recordar. Aunque tardase toda una vida.


                                                                  **********

La última persona de la Antiaérea 3 con vida y memoria intacta salió una sofocante noche de Agosto, tras incendiar el Nido y sus anexos con todo lo que quedaba dentro. Había almacenado en una mochila toda la comida que había encontrado y había despojado a los fantasmas de sus mejores objetos y ropas buscando en sus cápsulas abandonadas. Llevó a la incineradora a los cuerpos sin vida de Zitta y Yann de las celdas contiguas y se quedó en la cápsula de Isabela hasta el final. Había sido un suplicio verla degenerar, oírla delirar durante 3 días de insomnio compartido en la única celda donde aun quedaba luz y oxígeno sano, porque algún ser desquiciado había destrozado el cuadro de luces del Anexo K; el ala de cuarentena de la Antiaérea. Una mañana simplemente se apagó silenciosamente. Elsa, recurrió de nuevo a la incineración y libre, linterna en mano salió de la 29K, recorrió el Nido, la Antiaérea y sus anexos, comprobó cada espacio, se aprovisionó y por último arrancó el póster de su cápsula que guardó cuidadosamente enrollado en un tubo de plástico. Hecho esto trepó muy cargada un interminable túnel vertical con escaleras de metal que la condujeron a la salida sur de la Antiaérea. Abrió la trampilla que daba al exterior por primera vez en varios años y contempló las estrellas bailar como en un espejismo en la noche negra. Se asomó a la oscuridad de la tumba que acababa de abandonar y derramó un bote de fuego azul en sus entrañas. La llama siguió el rastro de liquido y el fuego hizo el resto.
Después solo pensó en alcanzar Oslo.
Y Empezó a caminar.


               Epílogo.

Caminaría sin encontrar un alma, sin apenas encontrar alimento, asustada y cansada. Con el tiempo encontró ciudades en ruinas, personas en ruinas. Se cruzó con la muerte. Corrió, se escondió y tiritó de miedo. Aunque seguía un rastro ciego, sabía que había que subir; Oslo se encontraba en el hemisferio norte; exactamente al otro lado del globo. Años atrás, un transbordador enviado a tiempo por el entonces Gobierno de Los Estados de Europa había cruzado el océano para depositarles a ella y a su equipo científico a salvo en unas instalaciones gigantescas en polo opuesto junto a otros refugiados donde podrían seguir trabajando para la causa; donde la guerra no podría llegar. Al menos eso fue lo que les dijeron .
Su viaje de retorno a la esperanza se vería desviado, retrasado y prohibido por innumerables circunstancias que se cruzaron con ella. El globo ardía por el ecuador en toda su circunferencia, separando hemisferios y vidas. Europa y Asia entera de este a oeste era un campo de batalla de tantos bandos como países. Las vías de comunicación y transportes habían sido arrasadas. Las costas eran incluso mas peligrosas. La gente se unía en improvisadas familias, protegiéndose entre ellos de sus enloquecidos semejantes. La causa de las 3º y 4º Guerras Intercontinentales había caído en el olvido con sus instigadores y los motivos para el pillaje y la masacre eran ahora los últimos recursos naturales para seguir masacrando.

Las contiendas interminables volverían a comerle terreno y los meses se hicieron años. Ningún camino era viable o corto. Su voluntad le había enseñado a saber esperar por cada vez que su objetivo se veía aplazado; siempre algo o alguien se interponían en su camino. Compañeros necesitados, una promesa, un único salvoconducto marcha atrás, una invitación, incluso la curiosidad. Parecía que el destino había decidido obligarla a seguir un complejo y desesperante cordón enredado de vuelta a casa, obligándola cruelmente a sentir de nuevo, a esperar y luchar, forzándola a vivir a pesar de todo. Su periplo le llevó con nuevas compañías por mar y por tierra, rodeando países enteros donde surgían, estallaban o se avivaban mas enfrentamientos. Recorrió a pie Australia, la India, cruzó Asia, vivió en Grecia y Africa occidental. Luchó en islas caribeñas, y escaló montañas americanas. Fue mensajera, resistente, enfermera, líder, objetivo, amante, hermana, sepulturera, navegante…

En su viaje encontró una nueva razón para caminar. Pudo ver mundo en zonas donde el hombre no batallaba, contemplar lugares vírgenes, descubrir gente sin corromper. Empezaba recordar el significado de la existencia. Los años en la Antiaérea le habían hecho olvidar algo, al fin y al cabo.

En sus largos viajes y momentos de soledad, tuvo tiempo para rememorar los días en la Antiaérea 3 que la habían llevado a donde se encontraba ahora. La llegada al laboratorio, la vida con el equipo, la irrupción de la guerra a los pocos meses, la vida subterránea, el hambre, el sueño de Renato, la desaparición de Gunnar, la muerte por goteo de todos los miembros, la de Isabela junto a ella.. El recuerdo de aquel tiempo se le hacía cada día mas irreal. ¿Qué había ocurrido con la memoria de la gente? Y porqué. ¿Pero había realmente sucedido? Recordaba cuando quiso sufrir la misma suerte que el resto. Estar sola en medio de gente lobotomizada era el peor de los infiernos; luchando por reafirmar su identidad frente a cerebros que se reseteaban cada día. Elsa sería Elsa mientras alguien la reconociese, después no existiría. Quizá su lucha no era otra que volver a existir entre otra gente. De eso se trataba cuando Fritz había dicho ‘no contribuir al olvido’. Y contaría a otras gentes quienes eran los Resistentes de la Antiaérea, sus 39 personas antes de Soñar, antes de la guerra incluso. Cuando hubo agotado todas las preguntas y respuestas posibles que durante años la asaltaban por la noche, cuando aplacó la frustración, la rabia que había sentido al perderlo todo, Elsa calló las preguntas, y ellas dejaron de acosarla, andando en silencio a su lado, como un viejo amigo imaginario. Camino a casa.

Y cuando por fin llegó a la ciudad soñada que tardó décadas en alcanzar, su sueño ya no era tal. Porque supo que Oslo solo había sido una excusa para no rendirse. El faro a lo lejos. El punto final. Había conseguido traer a Gunnar de vuelta con ella a su ciudad en forma de recuerdo. El viaje que dejaba atrás había enterrado su pena, para hacerla descubrir que la felicidad estaba en vivir. Y no poder olvidar.

Fueron en verdad todas estas vivencias las que muchos años después, tras un bombardeo nocturno en Oslo formarían, en el descanso final de una anciana, la esencia del sueño mas bello jamás soñado.
El Gran Sueño.


                                                          FIN.



























13

MUSTIO Y JULIETA

Introducción

Cada vez que se cruzaban, el corazón de Julieta chirriaba sonoramente, y angustiada y acalorada, con la mano en el pecho salía corriendo. Entonces él se quitaba los auriculares donde escuchaba música a todo trapo y se giraba para mirarla correr como una avestruz. Y siempre se decía lo mismo “Estáis todas locas.”
Pero ese día, El Mustio, un chico melenudo y pasota, se preguntó si no tendría que ver con él, porque las tres últimas veces que se había cruzado con ella había ocurrido lo mismo.
Así que el día siguiente, quiso descubrir que pasaba con la chica de las piernas largas y las coletas pelirrojas que siempre salía corriendo en su presencia.



Capítulo 1

Julieta tenía el corazón oxidado desde que su padre la abandonase y traspasase sus achuchones a otra mujer. El día que se cruzó con aquel greñudo, a Julieta le dio flato. La vez siguiente, tuvo hipo y sus orejas ardieron como el fénix, pero sin la escena del resurgir de las cenizas, menos mal. Hacía tiempo que no sentía nada por dentro; había olvidado lo que se sentía al sentir. Por eso, cuando empezó a notar cosas extrañas en sus tripas y su organismo en general, se asustó. El día que su corazón empezó a chirriar sin razón aparente, Julieta tuvo pánico y salió pitando a urgencias, saliendo 4 horas después con un diagnóstico: ‘primavera’. ¿Qué clase de enfermedad era esa? ¿El doctor la había tomado por tonta? Lo que tenía era muy serio; por lo menos tenía ‘infartitis’. Pensaba que se iba a ir de este mundo de un momento al otro, así que cuando su corazón bombeaba ante la presencia de Mustio, corría para caer -supuestamente muerta- en su sitio preferido; la trastienda de la pescadería de su tía Chunga.

Una tarde, terminadas las clases, el Mustio andaba por la calle que cogía todos los días, esperando toparse con la patilarga huidiza. Efectivamente, Julieta pasaba como todos los días a la misma hora por esa misma calle, y llegó el momento de cruzarse. Julieta caminaba con los ojos puestos en sus zapatos, musitando algo. Al levantar la mirada se paró en seco ante la presencia de una fregona morena que se había interpuesto en su camino.
-Quita, imbécil-soltó mirando al suelo; y al decir esto, empezó a oír el ñic-ñic de su corazoncito que se estaba poniendo en marcha e iba cada vez mas rápido.
- Perdona- le respondió el Mustio asombrado por las palabras de la pelirroja larguirucha. Se quitó los casquitos y se echó a un lado.
-¡Ñic-ñic-ñic-ñic!- se quejaban los ventrículos de Julieta.
-¿Qué tienes ahí?, preguntó el chico señalando a la chaqueta de lana de Julieta a la altura del pecho.
-¡ÑIC! ÑIC! ÑIC! ÑIC! Su pecho era una locomotora. El Mustio podía oírlo a pesar de llevar la música muy alta, y bajó el volumen del aparato para escuchar mejor.
Julieta salió pitando como siempre, pero esta vez El Mustio la siguió a grandes zancadas, sin atreverse a perseguirla en toda regla, cosa que le parecía poco…propia de su reputación en el barrio. Julieta corría como una desesperada por la calle chocándose con todos los que se cruzaban por su camino gritando “¡ha llegado el momento, esta es la definitiva!” Al doblar la esquina desapareció y El Mustio la perdió de vista.
-Todas locas, te lo digo- se repetía El Mustio en su cabeza mientras caminaba. Pero en realidad era para anular otro pensamiento más incómodo que su subconsciente le susurraba.


Capítulo 2

Julieta se tiró en plancha en el sillón de la trastienda de la pescadería de su tía. Se colocó boca arriba con los brazos extendidos mirando al techo como esperando ver su vida salir de su pecho como el humo de un cigarrillo. ¿Se sentía preparada para despedirse del mundo? Esperó unos momentos, pero su alma no salía por ningún lado. Había una mosca haciendo estúpidos triángulos encima de su cabeza, pero ni un atisbo de ese romántico final al que ella se entregaba, aparte de los preocupantes ruidos de su organismo. En la radio sonaba ‘Puro Teatro’, de La Lupe, y Julieta se acomodó pies arriba y cabeza abajo, que era su posición preferida ante momentos de incertidumbre. Así se quedó durante un buen rato, mientras se dejaba llevar por imágenes de pollos asados volando hacia un lejano horizonte de atardecer, si, hacia su propio entierro, glorioso. La gente de todo el planeta acudiría para llorarla, y al desaparecer el sol, empujarían su barco a la deriva, rebosante de gardenias frescas y su cuerpo amortajado con fina seda blanca, refrescado por la agradable brisa marina y…
- Cariño, quítate la chaqueta de lana que te vas a cocer viva.”- le dijo cariñosamente su tía Chunga asomándose por la cortina de pececillos de la salita mientras su sobrina hacía sonidos de brisa y gaviotas con los ojos cerrados.
-He estado a punto de abandonar este mundo, tía- dijo serenamente Julieta.
- Tú nunca estás en este mundo, mi amor. Ayúdame a cerrar, que son ya las 2 h 30. Por cierto, se ha asomado hace un momento un chico flaco con mucho pelo en la cara. No ha dicho nada, pero por lo mucho que os parecéis, debe de ser tu amigo y creo que te buscaba.
- ¿Qué te ha dicho?
- Nada.
- Pues no es mi amigo. Es un imbécil.
- Pues me ha dejado algo en el mostrador…
-¡El qué!- salta de repente curiosa Julieta, mientras se coloca en el sillón como el resto de los mortales.
- No sé, es como una pieza mecánica oxidada… o algo así. Tú sabrás”.

Julieta atravesó fugazmente la pescadería en dirección a la salida y a la altura del mostrador, alargó la mano y cogió la pequeña pieza de relojería que ‘el de la fregona en la cabeza’ le había dejado. Chasqueando sonoramente la lengua como molesta por tener que cogerla ella misma, se la metió rápidamente en el bolsillo de la chaqueta de lana y miró a su tía de reojo, que sonreía por dentro del fingido desdén de su sobrina.


Capítulo 3

Durante varios días, Julieta no supo que pensar de la pieza redonda y oxidada o qué hacer con ella. La miraba y la remiraba, la olía, la tiraba al aire y la miraba un poco mas y la rebotaba contra la pared haciendo ponk…ponk. Se preguntaba porqué ‘el imbécil’ le había dado semejante trasto, absurdo y feo -¡que encima no era ni suyo!
Desconcertada, la dejó en ‘el cajón de las cosas sin nombre y/o sin utilidad a corto plazo’, entre las que se encontraban extraños objetos como montones de muelles de mechero, media pinza de la ropa, un palo de madera con forma de señor barbudo y tres piedras de río pequeñas, un chicle blanco masticado hacía 2 años que había guardado porque curiosamente le había dejado la lengua negra durante varios días, una castaña reseca, unas gafas redondas sin cristales y sin una patilla, trocitos de papel con mensajes cifrados por ella misma (que jamás consiguió descifrar), pedazos sueltos de bolígrafos y decenas de tapones azules y rojos sin su amo... Julieta estaba convencida de que todos esos objetos tendrían utilidad algún día, y también sabía que si se deshacía de alguno, al poco tiempo lo iba a necesitar para alguno de sus apaños. No fallaba.

Así pues, miró ese misterio oxidado por última vez, lo tiró al cajón y lo cerró con decisión. Mientras sus pasos se alejaban y una puerta se cerraba, la pieza se sumió en un silencio eterno con las demás cosas encontradas y abandonadas que esperaban aburridas su turno para ser algo en la vida; en la vida de Julieta.

Al cabo de una semana, Julieta se había olvidado del asunto de ‘el imbécil’ y su pieza oxidada, pero su organismo seguía haciendo de las suyas, y claro, estaba en un sin vivir y su humor se resentía día a día. Siempre había sido introvertida, rara y excéntrica pero desde aquel encuentro acalorado con el Mustio, Julieta estaba perdiendo los papeles, angustiada por las manifestaciones rebeldes de su organismo que no ponía predecir ni controlar, y que la ponían en evidencia en los sitios menos oportunos. En clase era ‘la niña de los ruidos’ y asidua involuntaria del despacho del director. En el cine la chistaban por todos los lados y nunca acababa de ver esa película iraní tan rara que su amigo ‘Lechu’ le había aconsejado: tenia que irse a toda prisa porque la gente no oía los diálogos. En casa de su bigotuda tía abuela la ponían a comer como quien engorda a una oca; sus ruidos estomacales significaban sin duda ‘hambruna severa’ (palabras textuales de su bigotuda tía abuela). Y el hecho de que fuese flaca como un palo no ayudaba. En el autobús, el conductor iba con la mosca detrás de la oreja; miraba por todos los retrovisores y se asomaba por la ventana constantemente, lo que provocaba que se subiese al bordillo -¡pa!, y los pasajeros pegasen botes como peleles con paciencia infinita. Luego paraba cada poco tiempo para comprobar si el motor no le estaba fallando, o si había pinchado, y volvía a arrancar más mosqueado todavía porque el sonido entonces era otro distinto. Julieta lo pasaba mal por el pobre conductor, y eso le provocaba chirridos más fuertes. Entonces se bajaba a mitad de trayecto y llegaba a casa andando y siempre tarde.


Capítulo 4

Un día cualquiera, Julieta se despertó sobresaltada. Tumbada, miraba al techo y se rascaba el cogote cuando se dio cuenta de que no oía nada; sus ruidos corporales habían desaparecido. Por lo visto, debían de haberse apagado despacito, por momentos, y se habían ido por la puerta de atrás sin que Julieta se hubiese dado cuenta. Y no recordaba cuándo. Para una chica pesimista como Julieta, ni siquiera eso era buena señal. De repente, asociando ideas, se acordó de la misteriosa pieza oxidada y se fue directa al cajón para mirarla. Solo mirarla. (Bueno, la cojo un momento). La sacó del ‘cajón de los objetos sin nombre y/o utilidad a corto plazo’ que hibernaban y que con la luz se espabilaron; viendo que el nuevo llegado se iba tan pronto, le soltaban todo tipo de insultos de envidia. ¡Pelota! ¡Lameculos!

-“Lo voy a pasear.”- se dijo con aire de maníaca, como siguiendo una idea abstracta que nadaba en su cabeza loca.

Mientras desayunaba y sin querer queriendo, Julieta se puso a pensar en el Mustio. Hacia mucho tiempo que no veía al ‘imbécil’, y desde hacía varios días parecía que se le había atascado el mecanismo corporal. ¿Tendría ese imbécil algo que ver?
Así que metiéndose una tostada entera en la boca, decidió que debía tropezarse con él para ver que pasaba, para recibir alguna señal. Y sopesando esto y lo otro, mareado la perdiz e imaginando su inevitable colapso multiorgánico en martes 13, Julieta la fantasiosa, que había engullido su desayuno y ya paseaba por la calle, le vio a dos metros de sus zapatos enormes y viejos andando directo hacia ella a grandes zancadas, con esas piernas flacas que sujetaban un porte desgarbado. A Julieta le pilló tan de sopetón que soltó un graznido y sus piernas flojearon peligrosamente. Pero esta vez no salió corriendo; se apoyó con una rapidez desesperada en una farola (y esta, con tan mala leche que decidió moverse medio metro hacia atrás para molestar) y Julieta acabó con las piernas cruzadas entre la acera y la calzada y un brazo estirado para nada. Un coche pitó y pasó a su lado veloz removiendo el aire contaminado de la ciudad.

-Hola- dijo al cabo el chico de la fregona en la cabeza. Se había quedado mirando extrañado a Julieta en su arrebato de baile clásico callejero de dos segundos que culminó en un salto fugaz de vuelta a la acera al sonido del claxon.
-Se te había caído- añadió el chico refiriéndose a la pieza oxidada que había dejado en el mostrador de la tienda días atrás.
- Eso no era mío-dijo Julieta, que sabía de sobra de qué estaban hablando tan directamente, se pasaba la mano por el pelo y seguía con las piernas enredadas. Se agarró a la farola antipática y siempre sin mirarle a la cara, soltó medio tímida medio valiente:
- Así que no vayas por ahí regalando chatarra a la gente…imbécil.
Con una mano metida en el bolsillo de su eterna chaqueta de lana verde, apretaba fuertemente algo duro y oxidado, con tanta fuerza que empezaba a hacerle daño. Le sudaban las manos.
- Se te cayó de la chaqueta, que lo vi yo.
- ¡Que no, te digo!- dijo ella molesta mirando hacia otro lado.
- ¿Qué se te ha roto?- preguntó curioso el Mustio.
-Eso no es asunto tuyo-dijo Julieta. Le miró fijamente, para un segundo después apartar la mirada y ponerse colorada. Empezaba a aceptar la idea de que ese trozo de metal oxidado era parte de ella. Intuía algo, pero esa terrible idea permanecía cerrada con llave en lo más profundo de otro cajón que guardaba en su cabeza, el de ‘las cosas chungas que podrían pasarme’.
Se hizo un largo silencio de zapatillas frotando la acera, marcando ritmos, narices sorbiendo mocos, manos resbalando de la escurridiza farola y auriculares con música diminuta.
El Mustio buscaba una palabra que rompiese ese silencio de estás-sentado-en-el-metro-y-tu-archienemigo-está-en-frente. Julieta volvía a mirar hacia otro lado, como ignorándole.
- Mi padre es mecánico-dijo él entusiasmado. Yo sé un poco.
- La mecánica es un rollo.
- Me llamo Mario. ¿Y tú?
Tras un tembleque repentino de la rodilla izquierda y silbidos involuntarios, ella le respondió a toda velocidad:
- Soy Julieta y me tengo que ir.

Así era; tras oír ese nombre celestial los pelillos de la nuca se le erizaron, su pecho empezó a chirriar y unos redobles de tambor lo acompañaban aumentando el sentimiento de ridículo de la chica, cuya chaqueta de lana verde palpitaba rítmicamente. Julieta se dio cuenta de que esta vez iba a ser algo gordo de verdad y notó que el corazón se le iba a salir por alguna parte. ¡A la trastienda de la tía!

- ¡Espera!-dijo Mario, pero Julieta, poniéndose la mano en el pecho corría como si fuese perseguida una esponja succionadora de 5 metros, y sus flacas piernas parecían gomas elásticas que se movían descontroladas en todas direcciones, enfundadas en unos leotardos a rayas violetas y rosas.

Era impresionante lo rápido que desaparecía Julieta del horizonte, pensó Mario el Mustio mientras seguía su camino mirando hacia atrás con los auriculares puestos que ya sonaban a música de tamaño normal.

Capítulo 5

Después de este encuentro desastroso, Mario y Julieta tardaron semanas en verse. Las vacaciones les separaron, uno a las montañas, la otra a la playa. Mario vino encantado de la montaña, pero a Julieta se le habían quemado las coletas y cada vez que se miraba al espejo se acordaba y se ponía de mal humor. Este había empeorado desde su marcha a la playa, y estaba en su punto máximo de negrura; tanto que ni ella misma se aguantaba. Su tía Chunga no sabía nada del ‘fallo orgánico’ de su sobrina. Y es que, un día de playa abarrotada, Julieta había decidido bañarse (finalmente) después de una semana bajo la sombrilla, leyendo al alegre Edgar Allan Poe. Al adentrarse como un soldado- brazos levantados- en el caldito mediterráneo hasta la altura de las orejas, notó que el agua se le colaba por los oídos, traspasando el tímpano y llenando a gran velocidad su largo cuerpo. A su alrededor se teñía el agua de oxido, que ella misma emanaba. Julieta se puso pálida y se paralizó. Movía los ojos de un lado al otro sin osar parpadear; alucinando. El oxido salía de su pecho lentamente y parecía nunca acabarse. Por dentro, sus órganos flotaban apelotonados como juguetes de goma en la bañera en un baile de marea, y el agua que entraba por los oídos iba subiendo de nivel fatídicamente. Los riñones, el higadillo, el bazo, los intestinos, todos bailaban enredados en ese saco acuático que era el cuerpo de Julieta. La pobre estaba inundada por dentro. Su corazón, que había hecho un amago de chirrío de socorro, se apagó debajo del agua gritando burbujas. No volvió a sonar más. Julieta, inundada por dentro, intentaba salirse del agua pero cuanto mas lo intentaba, más desastroso era. La mancha de oxido se había expandido escandalosamente y le empezaba a salir de todo por las orejas. La gente que jugaba a su alrededor chapoteando no se había dado cuenta de nada. Un señor de tórax hercúleo que pasaba por ahí nadando con aires de campeón  fue sin proponérselo la salvación de Julieta. Esta alargó su largo brazo y se agarró como si no hubiese mañana al bañador del campeón, que empezaba a notar una resistencia invisible y que por mucho que braceaba no avanzaba. El hombre se puso colorado y empezó a patalear más fuerte, hasta que de sopetón salieron los dos disparados hacia la orilla arrastrados por una ola. Julieta se dejó llevar por esa moto acuática engorilada hasta la mitad de la playa, ya arrastrada por la arena; no se podía soltar del bañador del campeón que andaba hinchado de orgullo de su propio esfuerzo. Mister campeón miró hacia atrás para comprobar cuantas señoras le estarían mirando admiradas de su fuerza titánica cuando se percató de que tenía un bicho horrible enganchado al bañador intentando picarle. Dio un tirón histérico y se liberó del bicho, quedándose sin bañador. Un culo blanco corría por la playa gritando ¡Adela! ¡Adela!¡He sido atacado por una sepia gigante!

Tras ser tratada de sepia, Julieta se puso en pie. Expulsaba por las orejas líquido de color óxido, piezas mecánicas diminutas y alguna que otra tuerca. Cuando el chorro dejó de salir de su persona fue trabajosamente hasta la toalla, donde su tía Chunga dormitaba entre sorbito y sorbito de mojito. Se quedó sentada al sol, mientras sus coletas se quemaban lentamente, malhumorada, como humillada por una broma de mal gusto. Así se quedó hasta que asumió lo que le acababa de ocurrir. Cuando por fin se calmó, se propuso recuperar las piezas que habían caído al mar. Tras una tarde entera intentando rescatar discretamente la chatarra que había sido su corazón (la gente en las playas es muy cotilla, y Julieta consideraba que pescar sus propias tuercas era algo bastante íntimo- y bastante trágico- así que disimulaba como podía, lo que atraía mas miradas curiosas) y viendo que ya no quedaba nada mas flotando por la orilla, se volvió a sentar en su toalla con el botín en una red verde para pescar cangrejos. La punta de sus coletas se churruscó del todo como los pelillos de una corteza de cerdo-¡fffffffshhhh! Tía Chunga soltó un ronquido.
Al día siguiente volvieron de vacaciones.


Capítulo 6


Todavía quedaba mucho verano por delante y Julieta no sabía cómo comportarse ahora que no le latía el corazón. Bueno, ahora que lo tenía en una bolsa de plástico…Tampoco sabía si coger el tenedor con la izquierda o la derecha, pero supongo que esa era su eterna duda…Nunca se acordaba de ese dato específico…Todo ahora era cuestionado; sus propios gestos, sus acciones, sus gustos, sus motivaciones. (Y si ya no la guiaba el corazón…¿era legítimo quitarle la merienda a su vecinita la de los pies planos?)
¿Cómo empezar a explicar este suceso? Bueno, se podía vivir con un corazón que…cómo plantearlo sin asustarse…a ver…se podía vivir con un corazón oxidado y roto guardado en una bolsa de plástico de la frutería…Eso si, la bolsita bien cerca de ella. Ir a comprar pistachos dejando la bolsa de la fruta en la mesa de su habitación era algo demasiado surrealista, así que la bolsita iría con ella en todo momento, esa fue su primera certeza.
Julieta no se atrevía demasiado a pensar en todo esto, pero lo que tenía claro es que había habido un error, y que ese error se subsanaría inminentemente dejándola seca un día cualquiera en medio de la calle, fulminada; seguramente un Martes 13.
Entretanto, los demás órganos habían recobrado su lugar en el cuerpo de Julieta, y se sentía muy aliviada por la parte del pecho, como si le hubiesen quitado un peso de encima, pero no por ello se sentía mejor. Todo lo contrario.


Mario el mustio había vuelto de sus vacaciones en la montaña con extraño nudo en el estómago. Serían las ganas de volver a ver a sus amigos. Qué otra cosa podría ser sino. Pero después de quedar todo el día con el Turbio el Chano y la Fea, echarse unas risas de mirada lejana y hacer alguna perrería, el Mustio volvió a su casa insatisfecho. Andaba por la acera mirando al suelo preguntándose si no se había olvidado de algo muy importante….

-Hola- Una silueta alargada estaba plantada frente a él con los brazos en jarra.
- H…-El Mustio no se esperaba semejante encuentro y quedó abrumado por la presencia serena de Julieta. Estaba muy nervioso, y no sabía que decir a la persona que le miraba fijamente. Eso que tenía en la punta de la lengua desde que llegó se acababa de materializar. Y ‘eso’ era Julieta. Entonces supo que era exactamente eso lo que le había estado faltando.Mario y Julieta estuvieron frente a frente un buen rato sin hacer nada. Julieta, sin dar explicaciones, echó a andar en dirección al cine que estaba en la acera de enfrente. El no se lo pensó; la siguió sin esperar aprobación. Al salir de la película Julieta le dijo hasta luego y se fue sin mas, quedándose Mario haciendo honor a su mote. Había estado sentado junto a ella durante hora y media y su corazón palpitaba de nerviosismo. Ella se había dormido a los 13 minutos del comienzo de ‘la Niña Cyborg’ .
-Ahora si que no entiendo a las tías, se dijo. Y no ha salido corriendo; me ha llamado idiota; hasta aquí todo normal, ¡pero es que no ha salido corriendo! Y ese silencio en su interior….
-Eso se llama dormir, Mario. Era su amiga la Fea la que hablaba.

La Fea era una chica muy guapa y avispada, una de las mejores amigas de Mario y su confidente. Mario le había estado contando sus penurias sobre una chica larguirucha y pelirroja, desde cuando ella salía corriendo al verle, hasta la pieza mecánica que encontró y el posterior desinterés de Julieta por él. La pieza mecánica interesó mucho a la Fea, que se quedó meditando sobre aquel asunto. Al rato deliberó:
- Porque esa película de ‘la Niña Cyborg’…¡Mario, creo que la patilarga te estaba diciendo algo!
- No me dijo nada, ya te lo he dicho.
-No, hombre. Me refiero a que te estaba dando una pista. Si tan seguro estás de que esa pieza se le cayó a Julieta del pecho, entonces está claro que tu novia no es humana.
-No es mi novia.
- ¡Y no es humana!
- ¡Venga ya!-exclamó Mario levantando la mano. La Fea empezó a reír divertida.
-¡Que si, que si! Te estaba diciendo claramente que…!
- Vale, Fea- cortó Mario molesto por la hilaridad de su amiga. Se levantó y a toda prisa se dirigió al taller de su padre, dejando a la Fea plantada.
-¡Oye! ¡Cosas mas raras se han oído por ahí! ¿Y quién te dice que no seamos todos un poco robots? -dijo ella al ver que Mario se largaba sin responder

-¡Eh! ¡Que a mi los codos me chirrían cuando llueve…!.¡Incluso se me encasquilla el dedo gordo del pie cuando giro la cabeza hacia la izquierda…! Fíate tú!”-oyó que le gritaba ofendida la Fea desde lejos antes de dar la vuelta a la esquina y perderla de vista.


Capítulo 7

Tras un intenso verano de gamberradas y noches panza arriba planeando viajes exóticos a otros planetas llegó el primer día de instituto; la vuelta a clase pilló a todos por sorpresa. Mario y Julieta coincidieron por primera vez en la misma clase y eso le alteraba hasta el punto de caer de la silla dos o tres veces por hora. Tras una semana de caídas La Fea decidió atarle al pupitre con cinta adhesiva, y entonces lo que caía al suelo eran todos los bolis del estuche, uno por uno. Los delicados nervios de Madame Fofol, la profesora de Música, se desgastaban un poco mas con cada boli que caía, y al final de la hora del viernes acabó aporreando ‘O Fortuna’ de Carmina Burana en el piano entre sudores y gritos histéricos que la dejaron exhausta.

En gimnasia, viendo que el estado de Mario no mejoraba, su fiel amiga se encargaba de darle algún balonazo que otro en los partidos Voleyball para atontarle un poco; los nervios le hacían ir a por todas las pelotas como si fuese una lucha a muerte entre él y los cuatro jinetes del Apocalipsis, mientras el resto de los compañeros observaban divertidos sus torpes carreras de un lado al otro de la red. La solitaria figura de Julieta le observaba desde el lejos.

Un martes, pero no 13, en clase de ciencias y tecnología, el profesor Liviano Petunio pidió a todos que sacasen sus proyectos caseros. La hora pasó lenta y torturadora para Mario, que había traído mortadela para la merienda, pero nada para el profesor. Quizá si le metiese al bocadillo un par de voltios con el circuito eléctrico de su compañera podría revivir el fiambre, que aunque inerte, pedía a gritos un buen mordisco. Qué hambre.
- ¿Julieta Legaña?
- De cuerpo presente.
-Su turno. Venga aquí. Bien Julieta, qué nos ha traído.

Mario se comió su improbable proyecto de ciencias debajo de la mesa, haciendo un ruido infernal con el papel aluminio y el ‘crunchi-crunchi’ de sus mandíbulas batientes. Su lozana compañera de mesa le echaba miradas de reproche a él, y miradas de deseo a ella; la mortadela. De vez en cuando, Mario asomaba un ojo para mirarla y masticaba con mas energía. El cachivache cutre que Julieta había plantado delante de toda la clase, en la mesa del profesor, era lo mas extraño que había visto en su vida. Sobre una madera dos recipientes de plástico transparentes. Uno pequeño con algún tipo de tejido orgánico blanco y verde que sobresalía por todos los lados, y otro con piezas mecánicas soldadas entre si y a unos cables con pilas que pasaban por un recipiente con agua y que acababan de nuevo incrustados en la masa chorreante de carne verduzca con patas.

- Bien, dice el profesor, cuéntanos cual es tu proyecto y …bueno, qué es…eso.
-Es una rana muerta- anuncia lúgubre Julieta. Le quité la vida deliberadamente en favor de la ciencia.
- Ajá. ¿Y todo ese entramado mecánico? No me lo digas.¡ Es para revivirla! ¡Ja ja ja!
Toda la clase le rió la gracia al satisfecho profesor.
-Si,-dijo Julieta serena.
Hubo un silencio de desconcierto en la clase. ¿Había que reír? El profesor no se reía. ¿Sería eso lo que llamaban insolencia?
-¡Jua jua juaaaaa!- se aventuró el graciosillo de la clase.
-Daniel, fuera de clase.
Entonces la clase si que se rió. El graciosillo se fue bailando hacia atrás emulando a ese cantante que había mudado de piel mágicamente hacía la tira de años.

-Y no vuelvas-añadió el profesor sin mirarle.
-Bien, señorita Legaña, (Julieta andaba susurrando insultos de traición a la rana muerta mientras desmontaba pieza por pieza la mesa de reanimaciones, ajena al revuelo) la próxima vez tráigame un experimento científico serio y no una fantasía de ciencia ficción. Eso de Frankenstein está muy visto. Le doy una semana.

De esta desagradable manera zanjó la cuestión el profesor Petunio, que buscaba con la mirada a otro alumno menos excéntrico. A ver Jorgito. Jorgito había destilado vinito de mesa y eso llenó de negras nubes la cabeza del profesor.

- Que levanten la mano aquellos que hayan destilado vino. Un bosque de brazos se alzó ante la roja calva de Liviano Petunio. Malditos mediocres- gruñó desesperado.

Al cabo de 23 minutos sonó la campana y los alumnos salieron de ahí como si alguien hubiese tirado gas lacrimógeno en el aula. Y en cierto modo así era. Eduardo se puso rojo. ¡Oye que yo no he sido! Pero todos conocían a Eduardo; siempre era él. Julieta salió al pasillo mezclada entre la masa de cabezas gritonas.
Mario se fue a casa directamente, escondiendo bajo el brazo una bolsa de papel chorreante de líquido verde. Entró en su cuarto y esparció por su cama el contenido; piezas mecánicas, tuercas, cables, plastilina, un reloj de bolsillo, pilas, muelles…y una pieza oxidada muy familiar. Mario poseía al fin al completo el desecho corazón de Julieta. Bueno, y una rana muerta.


Capítulo 8

Durante una larga temporada, Mario se dedicó a consultar libros sobre anatomía, ciencias, mecánica, embrujos, vudú; todo lo que lo pudiese ayudar para reparar la chatarra que había sido el corazón de la chica de las coletas churruscadas que le quitaba el sueño. Se encerraba en casa y a penas si salía al kiosco o al taller de su padre. Siempre eran excusas a la hora de quedar con el Turbio el Chano y la Fea. La Fea descubrió enseguida porqué su amigo ya no se quedaba por las tardes con ella y sus amigos. Así que un día en clase le mandó una nota diciéndole que sabía su secreto y que no se preocupase, que no le iba a decir nada al Chano y al Turbio. Pero que quería ayudar. Enseguida colaboró trayéndole todo tipo de piezas que encontraba por la calle, susceptibles de encajar en el ruinoso corazón que Mario empezaba a idear.

-¿Para qué son los globos?-le preguntaba ella. ¿Y ese tapón de coca-cola? ¿Y la calcomanía? La línea del amor y la horterada es muy fina, Mario.
-No tengo ni idea, Fea. Todavía no tengo ni idea. Búscame en ese cajón una pierna de G.I. Joe. Servirá para este ventrículo de ahí. Y el pan Bimbo.
-Le vas a poner pan Bimbo?-se extrañó su amiga.
-No, hombre, es que tengo hambre. Y la mermelada de mora.
-¿Te unto uno poco en el pan?
-No, eso es para rellenar un poco esta vena.
- Qué fuerte.

Y así estuvieron toda la tarde y muchas tardes más, hasta que por fin un día de tormenta de otoño, con la lluvia repiqueteando en la ventana de su cuarto, Mario anunció que el corazón de Julieta estaba acabado. La Fea, mientras comía pipas tirada boca abajo sobre la cama, miraba abducida la película ‘El jovencito Frankenstein’ de Mel Brooks, que había encontrado muy apropiada para la ocasión.
-‘¡Brujer!’-prueba a decir Igor el jorobado. Los rayos parten el cielo y los caballos relinchan en la las cuadras. La Fea suelta una carcajada. La tormenta que realmente tronaba fuera parecía meterles en una película dentro de la película.
Bien, ahora sólo quedaba lo más difícil, se decía Mario; entregárselo a Julieta, la chica de las coletas chamuscadas.

Capítulo 9

Julieta por su parte, había desaparecido de escena. Nada mas terminar las clases, se volatilizaba e incluso a veces no aparecía. Había dejado de ir a sus actividades extraescolares a las que solo estaba apuntada ella; caligrafía china y danza tailandesa. Durante todo este tiempo, y tras haber tirado su corazón a la papelera en clase de ciencias, había pasado por varios estados mentales, filosofías varias y maneras de enfrentarse a su no-vida, que iban desde el nihilismo, el ascetismo, el dadaísmo, el ocultismo, el comunismo, el alpinismo, el positivismo, el sufragismo, el absentismo, el hinduismo, hasta el vampirismo, sin dar en ningún caso salida a su vacío interior, su falta de emociones. Se había apuntado a clases de cocina imaginaria que se impartía ella misma, a clases de buceo (había que comprobar que no se había dejado ninguna pieza en el aquel fatídico baño mediterráneo de verano, y posible causa de su fallido experimento de reanimación a la rana, pero este pensamiento lo tuvo en plena fase de dadaísmo, y claro, por definición no tenía mucho sentido, y menos buscar en la bañera), quiso donar el resto de sus órganos, animada por su hasta entonces condición sobrenatural, plantó puerros sin sentido por todo el jardín- momento comunista, se cortó una coleta cual sufragista, e iba al dentista cada semana (aunque esto era puro absentismo escolar).



En el momento en que Mario acababa de reconstruir su corazón, Julieta simplemente existía como organismo multicelular pegada al televisor, viendo telenovelas por pura nostalgia emocional. Claro que ella no sentía nada, y para matar el tiempo se dedicaba a quitar el sonido del televisor y poner ella misma la voz en ‘off’ con lo primero que se le ocurría. (Su tía Chunga, que era mas de telefilmes, se quedaba hasta el final de cada capítulo de ‘Patíbulo de amor’, fascinada por la variedad de tonterías encadenadas que podía soltar su sobrina.) En fin, que Julieta estaba en plena fase de aceptación y ya esperaba impaciente ese ajusticiamiento divino dirigido a los seres sin corazón y por tanto sin alma que habían escapado de la muerte por un traspapeleo en las oficinas celestiales de la puerta de San Pedro s/n. Mientras, mataba el tiempo y seguía robándole la merienda a su vecinita la de los pies planos.

Julieta dedujo que probablemente lo que mataba a una persona era la rutina, y por tanto sabía que había esperanza; el final estaba cerca.

- Me llamo Rutina Legaña- se presentaba ante los desconocidos. Los desconocidos la miraban un par de segundos y seguían su rutina de autobús; leer  el periódico o mirar por la ventana. ‘Estos si que no van a durar. Usted también es Rutina-señalaba. Y la rutina les dictaba lidiar con los locos de cada día y seguir a lo suyo, así que unos miraban hacia otro lado y otros pasaban a la siguiente página del periódico gratuito, sección Programación televisiva; a ver qué ponen esta noche.

Cuando el último de los 27 854 capítulos de ‘Patíbulo de amor’ hubo acabado sin desenlace claro, Julieta apagó la tele o no volvió a encenderla más. Se declaró cerebralmente agotada y se fue al jardín a plantar unos cuantos puerros más. Por la verja del jardín se asomó una fregona morena. Julieta se levantó de un salto, de tierra hasta las cejas. ¿El imbécil? Pero el imbécil había desaparecido.

Mario se había tropezado y había caído de espaldas en unos arbustos de modo que no se le veía la cara. Julieta salió del jardín, con un puerro enganchado a su trenza izquierda. Mario se levantó como pudo y salió corriendo tropezando de nuevo con prácticamente todo. En el suelo había una bolsa de hermética transparente.

-Eh!- le dijo ella. ¡Se te ha caído! Se acercó a la bolsa que había en el suelo. Aquello palpitaba como el corazón de un recién nacido. Se agachó para recogerlo y de repente notó algo extraño en su interior. Algo así como vértigo, o ansiedad. Ya no recordaba cómo se llamaba eso. Lo miró fijamente intentando definir aquella masa roja en conserva. Cuando se dio cuenta de lo que tenía entre manos sintió algo como ‘mi madre es Sara Montiel’ (esto es miedo), luego un ‘salgo a escena y voy desnuda’, (o sea pánico) y después todo se volvió blanco.


Capítulo 10

En la cama del hospital, Julieta roncaba sonoramente, con su única coleta destrenzada y chamuscada bajo la mejilla izquierda. Su tía Chunga hacía lo mismo desde una aséptica silla del cuarto. Si algo caracterizaba a Chunga la pescadera, era su facilidad para roncar en los momentos más críticos. Era un mero acto de supervivencia. Eso es lo que pensó Julieta tras abrir un ojo al cabo de un rato y verla ahí, medio desnucada sobre el incómodo mobiliario. Mejor, si supiera lo de mi corazón, la daría un ataque ahí mismo, dijo tocándose el lado izquierdo de su pecho, que latía tranquilamente bajo un feo camisón de hospital. Julieta contuvo el aliento, alucinada. ¡Pero qué tomadura de pelo es esta! Se quedó inmóvil, cerró los ojos a la escucha y notó como su corazón bombeaba rítmicamente en un perfecto compás de vals, limpito y engrasado. ¿Estaba soñando? ¿Estaba en las oficinas de San Pedro s/n? ¿Dónde estaba el Imbécil?
Llegó la enfermera, la examinó por todos los lados y finalmente la noqueó vía intravenosa sin dar tiempo a Julieta a decir esta boca es mía. Volvía a entrar en un delicioso sueño narcótico.

Cómo volvió el corazón de Julieta a su sitio era algo que nunca supo. De vuelta a casa su tía actuaba con normalidad, y los médicos la habían tratado como quien acaba de operarte de apendicitis-objeto interno definitivamente inútil (que por cierto también aprovecharon para extirparle). Tampoco osó preguntar demasiado, porque bastante raro ya era el perderlo a trozos por la vida, para encima quedar como una idiota si resultaba que todo esto era de lo más normal …o por lo contrario un delirio suyo, típico de adolescente imaginativa. El caso es que ahí lo tenía y ahora tenía el problema de volver a nombrar sentimientos olvidados y a no ceder al pánico cuando estos volvían. No era fácil para una novata. Tampoco chirriaba nada, y aunque eso le evitaba bochornos públicos, las emociones la pillaban desprevenida y a veces no sabía como reaccionar. Tenía mucho trabajo que hacer.

Un día mas, su vecinita la de los pies planos, acostumbrada a darle la merienda todas las tardes sin decir una sola palabra, estiró mecánicamente el brazo con el bocata al ver a Julieta pasar por su lado decidida. Se paró y miró a la vecinita a los ojos.

-El recuerdo es vecino del remordimiento- dijo solemnemente. Le puso entre los brazos su preciado cajón con los ‘Objetos sin nombre y/o utilidad a corto plazo’, reanudó el paso y desapareció escaleras abajo. La niña, encogiéndose de hombros, sonrió y le dio un enorme bocado de placer a su bocadillo de sardinas, mientras se asomaba a la misteriosa caja.

Julieta, tras enmendar los robos compulsivos de bocatas, se dirigió a casa de Mario leyendo en bucle unas cuantas citas de Balzac y Dostoievski y un puñado mas de grandes autores, lista para declararse elegantemente. El frío le helaba la cara y la punta de los pies. En la calle principal, a grandes zancadas, recitaba en alto:

- ‘¡La felicidad no es algo que se experimenta, es algo que se recuerda!’

- ’La paciencia es amarga…-señalaba al cielo, ¡pero sus frutos son dulces!’

-‘Toda mujer se parece a su dolor’-suspiraba dando la vuelta a la esquina.

-‘El amor es como el fuego; si no se comunica se apaga’- tocó el timbre.

-‘Te quiero, ô, imbécil‘(…y esta frase es mía)-se dijo mirando a su ventana.

Su ‘imbécil’ bajó en 2,5 segundos despeinado y en camiseta corta. Se miraron a los ojos, echaban vaho a ritmo de footing, Julieta abrió la boca pero los nervios pudieron con ella; las citas memorables salieron corriendo y aunque quería decirle como se sentía solo se le escapó un bofetón. Acto seguido le saltó al cuello llorando como una magdalena, balbuciendo cosas ininteligibles en su bufanda de lana granate mientras el chico se dejaba llenar de lagrimones, frotándose la mejilla. Encantado.

Pronto Mario y Julieta se entendieron a la perfección. Cuando ella no sabía como nombrar esto o aquello, lo describía con escenas cinematográficas, miraba en su libros de grandes citas o buscaban una nueva palabra, y así entre ellos se creó un lenguaje en código de lo más raro. La Fea, que no era una amiga celosa, dio la bienvenida a Julieta al grupo, y quedó fascinada por ese espécimen raro de corazón tuneado. Los códigos extraños entre Mario y Julieta dejaron pronto de ser una conversación surrealista e incomprensible y se sumó a ese nuevo lenguaje cinematográfico, mucho mas divertido que llamar a Telepizza para pedir 200 unidades para Doña Jamelga, una anciana 97 años y 45 kilos que cantaba zarzuelitas en la calle. La anciana ya había encontrado una solución a este misterioso fenómeno que la concernía personalmente cada jueves que se sentaba en el banco del parque de las palomas. (Pero esa es otra historia.)

- Estuve como 2 horas ‘Fraulein Maria corriendo por la pradera…’- narraba Julieta
- ¿Con canción o sin canción? -preguntó La Fea, que entendía perfectamente la imagen.
-¡Sin canción!-exclamó Julieta ¡A ver! ¡No encontraba el baño!
- ¡O sea que llegaste tarde al examen-!dijo Mario divertido.
- Si, aparecí por clase y ‘Tom Cruise subido al sillón’.
-¿Por qué ridícula?- preguntó La Fea extrañada.
- Porque llevaba la falda del revés y todos se dieron cuenta. ¡Madre mía qué…mmm…!¿Bochorno?
- Bochorno está bien-asintió la Fea.
-Pero bueno. Luego en casa….

Las frías tardes de invierno pasaron volando en este tipo de conversaciones en las que Julieta les contaba su pintoresca vida con su tía Chunga, y el tiempo que tardó en volver a crecerle la coleta derecha, la primavera había llegado de nuevo. Fueron meses complicados para Julieta, que con los olores que traían los jardines estaba desbordada de sentimientos sin nombre. Su corazón, al ser una fabricación casera de Mario, abarcaba amor por muchas cosas (a veces absurdas) que antes no tenía y que fundía en un solo concepto. Esa síntesis se materializó sin ir más lejos en unos bocadillos de mezclas espantosas que enamoraban a Mario. A veces esos bocadillos eran incomestibles, pero eso era lo de menos, porque Julieta los hacía con el corazón, y aunque Mario se tenía que sacar trozos de plastilina de la boca cuando ella se distraía contando historias al viento, el chorizo con yogur y puerros entre pan pasaban bien con la leche con coca-cola.

Nunca olvieron a separarse.

Epílogo.

…Y si el lector se pegunta que ocurrió con el Mustio y Julieta, le diré que años después, se fueron lejos, donde abrieron un restaurante -‘Bocadillos Borderline‘- para paladares audaces, que hizo furor en la ciudad. El cartel de la entrada rezaba ‘Perdimos la cabeza, pero cocinamos con el corazón’. Y hablando de perder, hubo críticos gastronómicos que perdieron el norte, y otros que espantados, se fueron al sur. Pero la cocina extrema había llegado para quedarse, y a Julieta le quedaba corazón para rato.

FIN.

lunes, 24 de mayo de 2010

Desayuno peliculero

Él “ -Jamás vi un tipo como aquel...un tipo con agallas....si...


Ella - De qué me hablas.

Él - El muy canalla le daba al bebercio y a las mujeres.

Ella - Oye, de qué me hablas.

Él -Viste su sedan rojo? Ya no se encuentran coches así. Reconozco que el tío tiene clase.

Ella -Pásame los crispis.

Él - Y esa mujer..., cualquier hombre perdería los papeles por ella. Un par de azotes es lo que se necesita ese bomboncito...

Ella -Paco, corta el rollo. Llego tarde, encárgate tu del desayuno de los niños.

Él - Si, amor. Y no te olvides tus galletitas!”


                                                               Fin.

jueves, 20 de mayo de 2010

La Niña y el Barquero

 Siendo Coletitas una niña rebelde,
 al llegar al embarcadero se plantó delante del barquero
y le dijo que quería una barca para cruzar el río hasta el Casino mas cercano.
 El barquero, aficionado a las niñitas,
le dijo que las niñas bonitas no pagaban dinero.
Coletitas le dijo que ni era bonita,
 ni pensaba pagar una cochina perra,
así que a ver como se las apañaba,
“bigotes, que tu mujer es una santa y tú un guarro”.

                                             FIN

El tren de las siete y cuarto

a judith

“ Oyes el traqueteo del tren y nada más. Y luego unas voces envasadas, como cuando metes la cabeza debajo del agua y te hablan desde fuera. El túnel es muy largo; estas en la oscuridad una buena parte del camino.
Esa parte me ha gustado, la de la oscuridad. Por eso escogí ese camino en particular. Pero nunca había ido tan lejos. Me bajaba pronto del tren; algún amigo me reclamaba por alguna razón y siempre regresaba. Soy así, siempre acudo a mis amigos. Pero al final me gusta irme sola. A este tipo de viajes se va solo. Así que un punto al final de túnel nace de repente, y en un abrir y cerrar de ojos una luz blanca te atraviesa la retina. Y ese silencio te duele tanto que tus oídos pitan, y por un momento crees desmayarte. Quizá es por el cambio de altitud. En cualquier caso, notas enseguida un cambio en el aire que respiras. El señor que viajaba a mi derecha tosía y tosía, parecía que estaba expulsando todo el humo que llevaba inhalando durante más de 50 años. Aunque no me especificó que tipo de humo.

Es curioso la gente que viaja con uno. Te confían datos y después silencio, y entonces no sabes que acaba de ocurrir. Crees tener un momento fuera del tiempo con un extraño, un igual que te lo dice todo en esas únicas palabras. O quizá es un momento mediocre.

Odio los momentos mediocres, en los transportes, en las colas para subir a esos transportes….Pero este no fue uno de ellos.

El tren había arrancado prácticamente vacío pero el largo trayecto fue sumando pasajeros en cada parada. En ese tiempo amaneció varias veces, no recuerdo cuantas, y pasamos sucesivamente del frío al calor, de montañas nevadas a campos floridos. Tras kilómetros de cielo amarillo de tormenta llegaba un atardecer rojo y despejado y cuando llegaba la oscuridad, los pasillos se iluminaban con luz verde y el único paisaje que podías ver estaba dentro del vagón. Mirabas a la gente, que meditaba, que no dormía. Nunca abandonaban su asiento. Apenas si giraban la cabeza de vez en cuando, para descubrir que el paisaje del otro lado era distinta al suyo. Pude oír el murmullo de sus pensamientos, todos al unísono, haciéndose grandes preguntas. En mi cabeza pasaban las horas y ahí fuera parecían pasar las estaciones. Desconcertante y hermoso.

  Llegamos en una hermosa mañana azul. Dejé mi pesada maleta sin ruedas de viajante poco práctica en la consigna. Allí se quedó, apilada en alguno de esos estantes del fondo junto con miles de maletas más. No me dieron ticket, o quizá olvidé cogerlo del mostrador…. De todas formas no serviría de nada ir a reclamar ahora. Ya no recuerdo que maleta llevaba; ni qué llevaba en la maleta. Como no sabía que tiempo me esperaba…creo que puse de todo un poco. Pero al final llevo siempre lo puesto. Es curioso como te despreocupas tan rápido de ese tipo de detalles, y como lo olvidas todo nada más arrancar el tren. Mi conclusión es, no lleves equipaje, es un lastre inútil.

 La estación era como todas, supongo. El espacio, diáfano y luminoso, jugaba al frontón con las voces y los pasos de los viajeros, cuyos ecos me llamaban a derecha e izquierda. Dos altavoces blancos en forma de trompeta a cada lado de los pilares metálicos, liberaban una voz femenina, suave, narcótica, que parecía susurrar sus secretos en un ritmo seco y lento, que expandían el momento, hipnotizando mis sentidos. Llevándome a la deriva.

Arriba, unas palomas chocaban contra el techo acristalado, buscando nerviosas la salida. Por fin una de ellas se alejó hasta el fondo de la estación, escapando a través de un cristal roto. Las demás la siguieron. Bajé la mirada y entre una masa de colores pardos, vi moverse un abrigo verde. Solo fue un momento y desapareció entre la gente. De camino a la salida reapareció el abrigo verde, vestía a una chica morena. Alta. La boca pequeña, la nariz fina, graciosa. Andaba enérgica, contemplando las altas estructuras metálicas de la antigua estación como un aventurero curioso. ¿Había estado mirando a las mismas palomas que yo, escuchando la melodía…? O era que andaba desubicada, como el resto de los pasajeros, que alzaban la barbilla buscando directrices, señales que les guiasen hacia sus distintos destinos?

Me adelanté a contemplarla de más cerca. ¿Quién era? ¿La conocía? A la altura de las escaleras mecánicas pasó por mi lado como una corriente de aire en dirección a unas puertas acristaladas que parecían dar al exterior. El silbido de un tren anunciaba una partida inmediata al otro lado de los muros y el abrigo verde se apresuró. Tenía que seguirla. Hablar con ella. Saber qué clase de viaje era el suyo. ¿Era una escala? ¿Es que se podía ir más lejos? ¿Cuál era su destino? Mas preguntas me asaltaban cerraban mi garganta, encogían mi estómago.

Mi confianza en la fluidez de los acontecimientos hasta el momento se borró en un segundo. Dudaba sobre mi destino y sobre el sentido de todo aquello. No sabía que debía hacer, una vez llegada a este punto. Sin embargo el tiempo apremiaba, el tren iba a partir y tenía que hablar con ella.
Atravesé la puerta acristalada. Y corrí hasta el abrigo verde. Se giró despacio y me miró. Sus bonitos ojos verdes me interrogaron y de repente sonrió. Entonces recordé.Era Judith. Me sonreía como lo hacía siempre, tímida y burlona.

-A dónde te vas, le susurré triste.

- ¿Te vienes conmigo, Mari? bromeó.

Yo lloraba.

- Fui a despedirte aquel día…¿Me viste?

Ella sonrió y saltó al tren que ya arrancaba, sin equipaje.

- ¡Adiós! ¡Saluda a estos de mi parte! gritaba alegre.

Me quedé un largo rato fijando el punto en el horizonte que había sido mi amiga. Luego entré de nuevo en la estación.

Por un momento quise volver y decirles a todos que había vuelto a verla, pero para entonces ya no sabía como hacerlo. No recordaba quienes eran ‘estos’. No tenía billete de vuelta, ni equipaje, ni memoria, pero allí en la esquina, aquel cartel de embarque parecía llamarme personalmente. Dudé de mí. Me acerqué al mostrador de información al viajero.

-Disculpe, pregunté a la señora que lo atendía. ¿Qué tren acaba de partir en los andenes exteriores?

-¿El de las siete y cuarto? Tren con destino a la reencarnación.

-¿Sabe dónde debo dirigirme?

-Si no lo sabe usted, no lo sabe nadie, querida.

-Gracias.

Miré a mi alrededor. El segundero del reloj de la estación iba ralentizado, los ecos de los pasos ya no resonaban, los viajeros iban desapareciendo de mi campo de visión, detrás de puertas, esquinas, como un juego del escondite. Cerré los ojos. Y comencé a andar. Al abrirlos, nada había cambiado, pero todo era distinto. Ya no sabía quién era, quien había sido. Los restos de mi memoria se iban borrando a cada paso que daba. Solo quedaba el precioso recuerdo de Judith.

Mi propio destino, ¡eso es lo que tengo que encontrar! Salí sin pensarlo por una puerta de emergencia pegada a un photo matón y de nuevo se hizo la luz blanca y el pitido ensordecedor. Y ahora estoy aquí, es decir, no sé dónde, de pie en esta cola hablando contigo. Supongo que eso es todo… ¿Así que eso es morir?

-Así es.

- ……..Joder que cola.”


                                                                     FIN

Mildred es así

No es fácil explicar como acabé con media pierna enterrada detrás del granero.
Mildred es así.
Un día enterró mi cama. Tardé tres días en encontrarla y otros tres en sacarla de ahí. También enterró una sartén y tres coches. Mildred es así. (“¡Doctor Houseman, Baby es asi! Si supiera la clase de….” Baile de guarreridas) Creo que esa es su vida. Eso es lo que hace; su obra.

                                                                        Fin.

La familia que lo tenía

“-¿Lo tiene?

-Si, padre.

-Que venga mañana. A las 4 en punto.

-Si, padre.”

Aquel caballero parecía tenerlo, como exigía la tradición, y el padre dio su bendición. Las nupcias se celebraron una semana después, llena la iglesia de invitados que lo tenían, con niños que lo tenían y ancianos que también lo tenían.
**************
“-¿Lo tiene?

-Si, papa.

-Que venga mañana. A las 4 en punto.

-Si, papa.”

Aquel joven parecía tenerlo, así que el padre no vio impedimento. La boda se celebró una semana después, con una iglesia abarrotada de familiares que, santo Dios, lo tenían.”


**************
“-¿Lo tiene?

- No, papi.

-Que venga mañana. A las 4 en punto.

- Si, papi.

Aquel chico no lo tenía, así que el padre no vio ningún problema. El sacrificio se celebró una semana después, entre gritos desgarradores que resonaban por toda iglesia, entre cánticos y brindis de una numerosa familia que si lo tenía.”


                                                                       Fin

miércoles, 19 de mayo de 2010

Venganza Ñoña

La venganza era una faja”.Montserrat Caballé.

“El día que preparé mi primera venganza, había conseguido reunir a todo el mundo. Doce personas a mi merced en una mesa de cuatro, sonriendo expectantes; 24 axilas empapadas cantando al son de esa música que pones cuando hace un calor pegajoso y sabes que algo va a ocurrir.
Fue desastrosa….Tuve que tirarla a la basura. No hay nada peor que una venganza sosa, o aguada. ¡O ñoña! Eso es peor que la traición. No sé. Puedes soportar un ‘le falta el toque’ o un….
-Si, le toc.
-La touche, vamos.
-Esa palabra no existe, pero es cierto que le falta.
-¿Le toc?
-No, la touche.
En fin. Todas las primeras veces son desastrosas y determinantes; a partir de ese momento pasas a ser, ‘el del arroz pegao’, ‘el del bofetón doble’, ‘el del tuve que limpiarme con un canto rodado’.’ O ‘el de venganza ñoña’. Y te marca, porque el miedo sigue ahí. Así que preparas una segunda venganza- se van a cagar. Llevas semanas planeando el acontecimiento, te sientes poseído y crees que va a ser definitivo, vas a cerrar esas bocas para siempre. Y no falta nadie, menos ‘el de la crema de cacahuete’, que aun se recupera de su … ‘crema de cacahuete’. Las botellas se vacían, al mismo ritmo que el agua de la cisterna, el ambiente es de hilaridad y tu venganza sigue intacta, ignorada. ¡Burlada! Con el último portazo de una noche de maldad reprimida, el espejo del salón te recrimina tu torpeza. Otro fracaso.
¡No puede ser tan difícil maldita sea! ¿Qué tiene la venganza de mi madre que no tenga la mía? No dormí bien aquella noche ni las 2 semanas siguientes.

- La gente de pueblo la elaboraba de otra forma.
-Conocían su esencia.
-El secreto se ha perdido…
- Y las que encuentras en Internet son insustanciales, frívolas.
- Son para garrulos…’Venganza Light’…¡Vamos hombre!

  Aquella última vez sólo vinieron Paco y Lola. Lola estaba amarillenta, los halos en sus axilas habían doblado de diámetro. Paco tenía marsupias por ojeras. Eso me alegró de una extraña manera. Porque - cósmicamente- significaba que mis mejores amigos, fieles y sacrificados, aun no habían recibido la venganza que merecían.
  Tras mi deliciosa venganza, unas copitas. El éxito flotaba en forma de silencio cálido. Los miembros de mis amigos colgaban lánguidamente fuera del sillón, inmóviles, dibujando idealmente mi felicidad. Y la suya, doy fe.De aquello sólo queda el recuerdo, pues mi venganza había alcanzado la perfección; nadie pudo refutarlo.
Por eso doy gracias a aquellos que amaban la venganza si artificios y que murieron por ella.Han hecho de mi lo que soy. Por ellos. Salud.”

“La venganza es un plato que se sirve frío,

pero en mi casa, va en caldito.”
Firmado: La cocinera de la historia.

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